Activando Redes: Agustín Gil y Gil una «historia de vida» en torno a «La Corchera»

1/10/2015
Antonia Castro Mateos

Empezaba a correr el año 2015 cuando nuestra alumna Mª Carmen Torres nos organiza un encuentro con Agustín Gil y Gil, un antiguo y curtido trabajador de “La Corchera”. Mientras se presenta, Agustín nos enseña la tarjeta que usaba para fichar en la empresa, subrayando que pertenecía a una de sus etapas como trabajador, cuando “La Corchera Extremeña”, COREX, se convierte en APLICORK y la empresa se traslada de su ubicación originaria, al polígono industrial de la ciudad. 

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Fig. 1. Tarjeta para fichar en la empresa APLICORK.
(Foto Antonia Castro Mateos).

Contar con la participación de Agustín en el proyecto de investigación no ha sido fácil pues, a pesar de ser una persona abierta y dicharachera, es muy celoso de su intimidad. Por ello, la intermediación de Mª Carmen en el proceso ha sido crucial. La larga y estrecha amistad que une a sus familias nos ha permitido aproximarnos y hablar con él, conocerlo de cerca, ver el mundo a través de sus ojos e introducirnos en sus experiencias.

 El encuentro se realiza, como en otras ocasiones, en casa de Mª Carmen y transcurre de forma agradable y distendida, pues Agustín viene acompañado de su mujer, Rosi, y una de sus nietas, quienes ponen una nota animada a la reunión. Además, contamos con la fluida conversación de Domingo, el marido de Mª Carmen, quien, como en otras ocasiones, refiere vivencias, hechos y acontecimientos que hablan de las costumbres locales y sus modos de vida.

Casi antes de que hubiéramos acabado las presentaciones, Agustín saca unos papeles y me los tiende, ha registrado por escrito, sin habérselo pedido, los acontecimientos más importantes de su vida profesional en “La Corchera”. Es un relato autobiográfico, un “cuaderno de bitácora” (Taylor y Bogdan, 1987: 117) que nos proporciona una base, un marco para la entrevista. Junto a esto, Agustín también nos trae algunos documentos personales -cartas, credenciales, fotografías- que son de gran ayuda tanto en la guía de la entrevista como en la estimulación de antiguos recuerdos y sentimientos de nuestro informante y sus acompañantes.

De esta manera comienza Agustín a contarnos que hacía más de diez años que había dejado de trabajar en “La Corchera”. Se jubila el 9 de septiembre del 2001. No obstante, a pesar de ser emérito en cuanto a su actividad profesional, Agustín mantiene vivo el recuerdo de su paso por esta empresa en la que estuvo trabajando cincuenta años y a la que consideraba “su segunda casa”. Tal vez, por ello quiere compartir su tiempo con nosotros evocando, vagando por los recuerdos de su pasado “corchero”. Así, de forma virtual nos lleva Agustín por los paisajes fabriles de la industria del corcho emeritense, con él descubrimos un gran recinto con grandes pilas de “panas”, “bornizos”, corcho fragmentado o en mal estado, sus elevadas y humeantes chimeneas, pudimos oler y sentir sus humos y olores, el sudor y el esfuerzo de los trabajadores cargando los remolques para abastecer los molinos, escuchar la sirena, el ruido de las vagonetas cargadas de corcho al ser empujadas por los obreros para introducirlas en los hornos, el chirrido de las sierras de las pulidoras o el de los molinos triturando el corcho, el ir y venir de los operarios, su resistencia y forcejeo con las pesadas cajas, llenas de planchas de aglomerado negro, al cargarlas de forma manual en los camiones que llevarían el corcho ya preparado a la estación del ferrocarril para exportarlo al país que fuese.
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Fig. 2. Vista de «La Corchera Extremeña» (Foto sacada del libro de De la Barrera Antón, J, L.  (2006), Memorias  y Olvidos  en la historia de Mérida Mérida. Editorial Artes Gráficas Rejas).

Seis años de vida tenía “La Corchera”  cuando Agustín entra a trabajar en ella. En efecto, “La Corchera” se funda en 1945 (Sánchez, 1982: 15; Delgado, 2005: 185) como sociedad limitada con el objeto de adquirir corcho de los campos extremeños para prepararlo y exportarlo, principalmente, al mercado argentino.

 En 1947, la empresa hace una ampliación de capital y entra a hacerse cargo de ella el empresario D. José Fernández López, quien también dirige el Matadero Regional de Mérida e IFESA. En poco tiempo, con la nueva dirección la empresa toma un nuevo rumbo, pues comienza a fabricar nuevas especialidades como corcho en plancha, corcho para trituración, granulados de corcho, aglomerados de corcho negro para la fabricación de láminas de decoración, planchas de aislamiento térmico y acústico, discos de corcho aglomerados de diferentes usos industriales y baldosas decorativas de corcho. Productos muy demandados en el mercado internacional, donde la marca COREX adquiere pronto renombre (Marín, Pulido y Villalobos, 2011: 102).

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Fig. 3. Anuncio de «La Corchera Extremeña S.A.», publicado en la Revista de Feria de Mérida, año 1959. (Foto realizada por Juan Antonio Ramos Blanco).

Al poco tiempo, “La Corchera”, como también sucede con el Matadero, se convierte en un modo de vida para los emeritenses de varias décadas. Y, a la postre, en santo y seña del desarrollismo franquista (Caballero, 2008: 378). Apunta Agustín que en sus mejores tiempos, entre la década de los años 60 y 70 del siglo XX, llegó a tener 600 trabajadores.

 A mediados de la década de los ochenta “La Corchera” pasa a manos de una nueva sociedad, “Corchera Extremeña Beltrán”, de forma fugaz figurando como presidente de la misma uno de los hijo de D. José Fernández López, Manuel Mª Fernández de Sousa Faro. Este proyecto empresarial no llega a buen fin y en el año 1990 la empresa cesa en su actividad.

Ante este panorama la Sociedad de Fomento Industrial de Extremadura, SOFIEX, busca inversores, llegando a un acuerdo con el grupo empresarial ONCE quien se compromete a aportar capital para reflotar la compañía a través de las empresas APLICSA y ASEICORK. A pesar de los esfuerzos, «La Corchera”, bajo la dirección de la ONCE, no consigue remontar el vuelo. Si bien se prolonga la vida de la fábrica unos cuantos años más, la inexperiencia en el sector, entre otras razones, provoca la crisis definitiva de la industria del corcho en Mérida.

A mediados de la década de los noventa el negocio, ahora bajo la denominación social “Corchos Mérida”, toma un nuevo impulso con la entrada del Grupo francés Sabaté. Esta sociedad adquiere las empresas APLICSA y ASEICORK y en una primera etapa lleva a cabo importantes inversiones para modernizar las instalaciones, en Mérida. Sin embargo, transcurridos unos pocos años, a finales de los años noventa, se empiezan a dar los primeros pasos para trasladar las instalaciones productivas de la ciudad emeritense a San Vicente de Alcántara. El traslado se hace efectivos en el año 2001.

De esta forma, termina la actividad industrial del corcho en Mérida, aunque no la de la sociedad de “Corchos Mérida” que continúa su actividad en tierras san vicenteñas y ahora de la mano del grupo OENEO, bajo la denominación de DIAM CORCHOS y centrada principalmente en la elaboración de un tapón tecnológico patentado por el grupo.

Hoy, el recuerdo de esta actividad en Mérida solo podemos encontrarlo en un topónimo, aquel que da nombre a la barriada en la que estuvieron ubicadas las antiguas instalaciones de “La Corchera Extremeña”, pues, que sepamos, no quedan vestigios materiales ni fabriles ni tecnológicos de aquella actividad en la ciudad, tan solo se conservan unos pocos documentos, cartas, credenciales y algunos vestigios inmateriales como el testimonio de Agustín Gil y Gil, una “historia de vida” en torno al corcho que gracias a este proyecto no se perderá.

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Fig. 4. Membrete de los documentos de «La Corchera Extremeña» COREX, traídos por Agustín Gil y Gil. (Foto Antonia Castro Mateos). .
Aunque la trayectoria vital de Agustín (1937) está ligada a Mérida y “La Corchera”, sus raíces son zarceñas. Su familia era de la Zarza (Badajoz). Allí están algunos de sus más preciados recuerdos, los de su infancia. En su memoria quedaron grabados para siempre sus juegos de infante, sus correteos por las calles empedradas del pueblo, sobre todo la que le llevaba a la ermita de la Virgen de las Nieves, a la que acudía, con frecuencia, con su padre para ayudarle en algunas de sus tareas como “mayordomo” de “la dama Blanca” (Martos, 2007). Nos cuenta Agustín que ayudaba a su padre a colocar distintivos de colores a las velas procesionales: “…Se metían vela por vela (…) las de la Virgen de las Nieves llevaban un distintivo rojo abajo, (…) los del Señor, azul. Entonces, iban las procesiones llenas de mujeres y de hombres, cada uno con su vela. Tú como lo llevabas rojo (el distintivo) eras de la Virgen de las Nieves, el otro azul era del Santísimo Cristo...”.

La ermita, ubicación de raigambre dieciochesca, y sus aledaños son el paraíso de los recuerdos para Agustín, pues allí vuelve casi “todos los años” con su mujer, Rosi, para asistir a las fiestas de la Virgen de las Nieves y del Corpus Christi. En aquel lugar, las sensaciones, vivencias y raíces las siente otra vez, como entonces.

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Fig. 5. Ermita de la Virgen de las Nieves. La Zarza (Badajoz). (Foto Antonia Castro Mateos).

En 1946, Agustín llega a Mérida de la mano de sus padres, tenía nueve años y se van a vivir a la calle San Juan, Rambla abajo, muy cerquita del “Hornito de la Mártir Bendita” y de su obelisco. Como era un crío allí se iba a jugar con los amigos, aunque apenas nueve años más tarde la enfermedad de su madre les lleva a vivir al campo, a «Cantarranas», hoy barriada de San Andrés. No obstante, a los cuarenta y dos días de estar allí viviendo su madre falleció.

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Fig. 6. «Hornito de la Mártir Santa Eulalia» de Mérida (Badajoz).  (Foto Antonia Castro Mateos).

Eran tiempos difíciles, la época de la posguerra, años de carestía, necesidad y racionamiento. Aunque nos cuenta Agustín que él no pasó hambre, “…porque mi padre tenía un oficio muy socorrido, era zapatero. Echaba media suela y cobraba…, por lo menos para el pan había. Calzaba al labrador fuerte, le preparaba las botas para el campo. Tal, cual, pues me das dos kilos de garbanzos y un kilo de patatera. Cobraba en especie el cincuenta por ciento…”.

Además, la dieta alimenticia de la familia se ve enriquecida calóricamente, en estos tiempos de carestía, con tocino. Nos explica Agustín que “…como su hermano y él pertenecían a D. José Fernández López cada 15 días nos daban un kilo de tocino a cada trabajador. Y nos lo proporcionaba a precio de costo, pues lo comprábamos en el Economato que tenía la Corchera para sus empleados. Estaba donde está hoy Presidencia, en el Rastro, ahí estaba el economato del Matadero. Iba mi madre con los dos vales, el de mi hermano y el mío y traía dos kilos de tocino cada 15 días.

 
Dos kilos de tocino por aquellas fechas…. Yo no recuerdo bien, pero creo que unas cuatro pesetas o algo así valía el kilo. Aunque en el mercado normal valía más, 15 pesetas ¡eh¡, lo que ganaba un hombre, no más, porque un pan valía cuatro pesetas. Y más caro, también podías comprar  pan de estraperlo, en la esquina, donde estaba Nicolás el “boca tuerta”, en el bar. Allí, en esa esquina se ponían las mujeres que vendían pan de estraperlo, sino llegaba el municipal y se lo quitaba…” .

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Fig. 7. Colección de cupones de racionamiento.  (Foto cedida por Domingo Moscatel Barragán).

La presencia del tocino en la dieta de los trabajadores les proporciona una fuente adicional de calorías que les permite hacer frente a las largas, duras y esforzadas jornadas de trabajo que realizaban. Pues las escasas raciones de alimentos que proporcionaba el Estado a través de las cartillas de racionamiento, legumbres, aceite, azúcar, pan, arroz, patatas, boniatos, etc., carecían del mínimo valor nutritivo, necesario para la subsistencia. A ello se unía que muchas familias de los grupos más desfavorecidos vendían el pan y, sobre todo, el aceite y el azúcar para comprar luego otros alimentos de menor valor (Bahamonde, 1993: 20).

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Fig. 8. Cupones de racionamiento. (Foto cedida por Domingo Moscatel Barragán).

En efecto: “…era la época del racionamiento. Yo me acuerdo que cuando yo era un crio mi madre me mandaba a la Panadería de Garrido a por el pan. Era la que estaba en la Rambla, enfrente del Parque Infantil. Iba con mi cartilla de racionamiento y me daban cinco bollos, pa, pa, pa, pa, pa, porque éramos cinco en la familia: el matrimonio y tres hermanos…”, relata Agustín imitando el sonido del tampón con el que sellaban la cartilla. Y con la misma voz de falsete, imitando al tendero que regentaba el despacho de pan, el Sr. Garrido, explica que los sellos eran “…para que no hubiera ninguna pega, pa, pa, pa, pa, pa, pa, esta carga ya te la has llevado hoy…”.

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Fig. 9. Cupones de racionamiento con la huella del tampón con el que se sellaba la cartilla. (Foto cedida por Domingo Moscatel Barragán).. 

Se trataba del control fiscal del pan, alimento básico y habitual en la dieta  de las familias antes del conflicto bélico. No obstante, la carestía de trigo provocada por los años de guerra y su posterior racionamiento implantado por el gobierno por más de una década, lo convierte, junto con otros alimentos, en un apreciado artículo de lujo.

Nos cuenta Agustín que al principio los trabajadores de “La Corchera” y los del «Matadero» compartían el economato: “…Todos íbamos el mismo día, formábamos una cola todos los trabajadores juntos. Luego, por los años 80, ya nos pusieron el Economato en “La Corchera”, aparte del Matadero. Esto fue cuando [la empresa] ya no pertenecía a D. José Fernández López. Allí iban nuestras mujeres a comprar, como ahora se va al Mercadona…”.

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Fig. 10. Tarjeta de identidad del Economato Laboral de «La Corchera». (Foto cedida por Juan M. Jiménez a través del grupo de Facebook «Fotos Antiguas de Mérida»).

1.- Agustín, ¿cómo era el procedimiento?:
 

“...Había que tener el carnet de obrero de “La Corchera” para poder comprar en el economato. Llegabas allí con dinero o sin dinero, claro. Sin dinero, llegabas y le decías al que despachaba: -Dame dos duros, seis duros de lo que sea, ¡qué sé yo qué cantidad!. Era a duro, seis duros, ocho duros, 20 pesetas, 30 pesetas, etc. Hacías de gasto lo que fuese, firmabas allí y te daban el resguardo y cuando cobrabas al mes, pues te descontaban lo que habías sacado del economato.

Y resulta que muchos cobraban al mes en números rojos. Es decir, que no cobraban. Llegaban los jefes con los sobres de cobrar nos lo daban, y ¡hostia! había algunos que no cobraban nada. El jefe les decía:-Toma que todavía quedas a deber a la empresa 15 pesetas. Estamos hablando de la administración de cada mujer en casa, porque iban muchas que cargaban. Decían: -A ver, dame, dame, dame, y se lo llevaban y luego, pues claro… A la hora de pagar no respondían, porque cobraban menos de lo que habían sacado. Así había muchos. Allí los teníamos ya “timbraos”, porque lo sabíamos ¿no? Joe, tú mujer, ¡hostia!, ahora, no cobras nada. Así que, para pagar había que hacer horas extraordinarias. Todas las que quisieras hacer, muchas, muchas… Las pagaban al principio a 14 ó 15 duros. Y esa era la vida…”. Esta frase la dice Agustín con mucho sentimiento y hondura, como si les costase trabajo a las palabras salir, no vaya a ser que el recuerdo del padecimiento de aquellos años tan duros le alcance de nuevo. 

En aquellos tiempos, las posibilidades de acceso a la educación estaban muy condicionadas por la categoría socio-económica de las familias. Eran pocos los niños que cursaban la Enseñanza Media, pues la necesidad de ayudar en casa los empujaba a trabajar a edades tempranas. Sin embargo, Agustín fue un niño afortunado, pues no solo no pasó hambre, sino que además, también pudo ir a la escuela, a la «Escuela Trajano» para más señas y cursar la Enseñanza Primaria y Media. Allí estuvo escolarizado hasta los trece años y medio y aprendió a leer, escribir, echar cuentas y poco más. Eran las enseñanzas de entonces, en palabras de Agustín: “...las cuatro reglas, que se llamaban. Luego, pues ¡hala!, ¡hala!, ¡hala! a colocarse...”. 


Después, durante tres años, Agustín asiste al turno nocturno de la «Escuela Elemental de Trabajo» que estaba en la calle 18 de Julio. Mas, Agustín que era un chico inquieto y espabilado, no tarda mucho en procurar trabajo. 


En efecto, Agustín encuentra trabajo en un taller mecánico. Nos cuenta que “...estuvo unos seis meses de mecánico, y luego, me coloqué en la Corchera”de aprendiz…”. Por aquellos años, esta empresa, junto al «Matadero», era una empresa de referencia, no solo en Mérida, sino también en Extremadura. En concreto, Agustín entró en “La Corchera” “…el día 4 de mayo de 1951 con 14 años, de aprendiz y con pantalón corto...”. Específica Agustín que la empresa, por aquel entonces, contaba con una plantilla de 615 trabajadores, estaba situada en las inmediaciones del río Albarregas, frente a la estación de ferrocarril. 


Agustín entra en la empresa, como Manuel Conde en el Matadero y Rosa Mª Ávila, en la firma de Francisco Martín Delgado, “recomendao”. Por aquello años, era algo habitual. Nos explica que su padre calzaba a una familia que era íntima amiga del jefe de personal de “La Corchera” y aprovechando esta circunstancia su padre «…le preguntó si podía colocar a su hermano Juan Antonio tres años mayor que él.
 Él tenía 17 años y yo 14. Pero mi hermano por entonces estaba colocado en una zapatería, en la Rambla. donde mi padre trabajaba. Por eso mi padre le dijo que mejor me colocara a mí, perro él le contestó: –Pues si me puedes mandar al de 17 mejor, porque el de 14 es, al fin y al cabo, un crío todavía. Pero dice mi padre: -No, porque el mayor está trabajando y me gana algo y el chico ha salido del colegio ya.

Bueno, pues a pesar de eso, yo me presenté en el puesto de mi hermano. Y me dice el encargado: -Y tú, con 14 años y con pantalones cortos ¿dónde vas? Entonces, ¡mucho cuidado!, los pantalones cortos se usaban hasta los 18 años. Me pregunta el encargado por mi hermano y yo le contesto que está en cama con fiebre. ¡Ufff¡, le eché la mentira… Así, como me salió y le dije: -Mi hermano está en cama con fiebre, está muy acatarrado. El encargado me contestó: -Bueno, bueno, vamos a probar. Y me puso a prueba y como yo siempre he sido fuerte y he trabajado con herramientas, con los carros, ayudando a los oficiales de mecánico, pues me quedé. Aunque a los veinte días de estar yo allí mi padre me dijo que le advirtiera al jefe de personal, Antonio Martínez, que mi hermano ya se había puesto bueno, porque mi hermano se quería meter también en la Corchera. 


Así que, fui y le dije: -Mire, le vengo a decir que mi hermano ya está bueno, si quiere usted que venga… Me dice: -Bueno hombre, pues que venga, me has caído bien, pues me ha dicho el jefe del taller que te portas muy bien, que trabajas como un hombre. Así que le dices a tu hermano que se venga también. Y así entro mi hermano. Aunque él estuvo trabajando en la Corchera solo 17 años. Se acogió a una regulación de empleo, porque mi hermano era aglomerista, los que hacían las planchas negras, un trabajo que tenía una prima por “trabajo penoso”. Y entonces, le daban 50.000 pesetas por aquellas fechas por si se quería salir. Y mi hermano se salió, cogió el dinero y se fue a Barcelona, y estuvo allí unos años. Luego, al poco tiempo se volvió y se estableció de nuevo en Mérida...».


2.- ¿Cómo que ustedes vestían pantalones cortos hasta los 18 años?:


«…Pues era lo que se llevaba. A mí me pasó que cuando me presenté ante el jefe del taller de la Corchera y me vio con pantalones cortos enseñando unas pazos”de piernas, porque yo era muy fuertete, me dijo: -¡¡Niño aquí hay que venir vestido como los hombres!! Aquí, para trabajar hay que traer pantalones largos. 


Así que llegue a casa con una perrera encima…. Y le dije a mi madre:
-¡Qué me han dicho que tengo que llevar pantalones largos, si no me despiden!. Remedando a su madre dice Agustín: -Tú no te preocupes hijo, mientras comes te voy a preparar unos pantalones de tú hermano, de Juan Antonio. Y llegué por la tarde con pantalones largos, y me dice, esto son palabras textuales, no se me olvida a mí, los años que hace. Dice: -Así tienes que venir, ¡cómo los hombres!...» (risas). 

Y de esta forma, Agustín se hizo un hombre con catorce años, dejando atrás la adolescencia y los pantalones cortos de golpe.


3.- ¿Qué horario tenía?:

«…Estábamos de 6 de la mañana a 2 de la tarde, la jornada normal. Luego, ya no había jornada partida, ya eran turnos de 6 a 2, de 2 a 10 y de 10 a 7 de la mañana, porque la empresa no paraba. Bueno, solo el domingo, el sábado también trabajábamos…». 


4.-¿Cómo el Matadero?:


“…Bueno, el Matadero no trabajaba de noche. Por mi puesto de trabajo yo no sé, yo no sé lo que es disfrutar de un sábado ni un domingo entero, ¡ni tan siquiera el día de “Reyes»!…”. Lo dice Agustín con mucho énfasis.


5.- ¿En qué puesto empezó a trabajar en “La Corchera” ? ¿Cuánto ganaba? :


“…Yo empecé a trabajar de aprendiz y ganaba unas semanas siete pesetas y otras ocho, por el cambio. Había un pico ahí que me lo dejaban de una semana para otra, pues antes se cobraba por semanas. Y las horas extraordinarias me las pagaban a peseta.


Me hicieron ayudante a los 4 años. Así que a los 18 años ya ganaba 10.20 pesetas, bu!, bu! menudo sueldo 10.20 por aquellas fechas… Los hombres ganaban 13.20 pesetas y las horas extras, que hacíamos muchas, nos las pagaban a 14 ó 15 duros. A ver, 15 duros eran 75 pesetas. Yo he hecho muchas horas extras, cobraba más de horas extraordinarias que de sueldo.


Luego, a partir de los años 70 hasta más o menos 1985 se empezó a cobrar más. Esos quince o veinte años fueron los mejores, porque ya no había hambre, se vestía mejor y había más comodidades. Pero los años 50 fueron una pena, si es que… ¡Ufff! …”.


Para explicarnos el hambre que había por aquellas fechas Agustín refiere un suceso que aconteció al poco de entrar en “La Corchera”:

“…Me echó mi madre un día para el bocadillo un bollo y un trocito de tortilla de patatas. Y cuando estaba desayunando con varios compañeros va uno de ellos y me dice: – ¿Tú te vas a comer eso y yo no? y me pegó un manotazo y me lo quitó. Eso como que estamos aquí. Diciéndole eso ya le digo el hambre que se pasaba por aquella fecha….

6.- ¿O sea que comían en el trabajo?:


“…Sí, teníamos un cuarto de hora para comer…”. 


7.- Un cuarto de hora para comer parece poco tiempo ¿no?: 


“…Un cuarto de hora, sí, sí, sí. Tocaba la sirena y a trabajar otra vez…”.


8.- Agustín, ¿cómo se desplazaba hasta el trabajo?:


“…Mira, yo me andaba el camino de aquí (se refiere al barrio de «Cantarranas») a la Corchera, todos los días 4 veces. Entraba a las 6 de la mañana y me venía a las 2 a comer, aunque, a veces me quedaba allí a comer, y a las 4 de la tarde iba a hacer 4 horas extraordinarias y hasta las 8. Y cuando llegaba aquí a las 8, después me iba a ver a la novia, a la  Calle Constantino, de la plaza Toros para abajo Y a las 10 ó las 11 de la noche me venía otra vez para acá.  Y el camino era de piedra. Seis veces iba y venía, cuatro veces a la Corchera, diario y dos veces a ver a la novia. Aunque los había peores, porque había compañeros míos que vivían en Alange, en Valverde y venían en bicicleta todos los días a trabajar a la Corchera….


Como algunos trabajadores del «Matadero» Agustín también iba a trabajar en bicicleta. Nos cuenta que “…cuando yo llevaba allí tres años, pusieron un tablón en la puerta (que decía) que el que quisiera apuntarse para tener una bicicleta la empresa se la vendía a precio de costo. Trajeron 50 bicicletas Y había unas 80 ó 90 personas que la habían solicitado. Yo tuve la suerte que me tocó, me tocó. Y esa bicicleta la he tenido yo hasta el año pasado…”.

9.- ¿Se acuerda de cuando sonaba la sirena del «Matadero»?:


“…¡Me cago en la ma! no me voy a acordar, y la de la Corchera…”.

 
10.- ¡Ah!, ¿“La Corchera” también tenía sirena?:
 
“…Igual, ¡qué más da!. No le digo que sonaba la sirena a las nueve y se paraban las máquinas y a las nueve y cuarto sonaba otra vez para “echar mano”.  Para empezar otra vez. Sonaba para entrar a las 6 de la mañana y  luego, no entraba nadie porque el portero cerraba la puerta. Tocaba “pa echá el bocadillo” y luego, después tocaba a la hora de salida. Los turnos de tarde no tocaban. Tocaba por la mañana. Aquí había tres empresas que tenían sirena: el Matadero, la Corchera y la de RENFE del «Cocherón»…”. 
 
El joven Agustín, con su sagacidad natural, tarda poco en ascender en la empresa, pues tenía muy claro el orden de prioridades para su vida laboral y familiar: mejorar profesional y económicamente para darle a su familia el mayor bienestar posible. 
 
Efectivamente, corría el año 1962 cuando la empresa convoca unas oposiciones para ascender. Agustín acababa de casarse y por eso no se lo piensa dos veces, pues el trabajo en “La Corchera” era: “…muy “esforzao”, todo a base de unas horcas para cargar remolques para abastecer el molino. Era un trabajo que requería mucha fuerza. En unas parigüelas, con un hombre a cada lado de sus varales, como si llevases a un difunto cargado, llevaban  los fardos que pesaban entre 50 y 100 kilos a la caldera para ser cocido. Así, un viaje y otro, y otro, y así todo el día. Entonces, no había prácticamente maquinaria, todo era manual y a base de “sangre”
 

Bueno, pues por entonces, pusieron en el control de la empresa un cartel donde anunciaban que iban a traer unas máquinas mecánicas, una pala para abastecer los molinos y así quitar los trabajos forzados. Nos presentamos dieciocho para dos plazas y con tan buena suerte que saqué la segunda plaza. Y desde entonces he estado 42 años, de los 50 que estuve en la empresa, en ese puesto de trabajo, de palista. Es decir, con una pala excavadora donde había 27 hombres abasteciendo los molinos con la horca…”.

 
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Fig. 11. El transporte tradicional del corcho. Museo del corcho de San Vicente de Alcántara. (Foto Antonia Castro Mateos).
 

Cuando le pregunto a Agustín si nos puede explicar con detalle en qué consistía la actividad que desarrollaba en la empresa nos mira pensativo, serio y con cierto aire evocador y tono pausado, aunque no por ello falto de vehemencia, señala que para hablar de su trabajo, primero hay que explicar el proceso de extracción y el aprovechamiento del corcho. Agustín conoce la profesión desde bien joven, pues su vida ha girando en torno al corcho y por ello conoce bien todo el proceso. 

De esta forma comienza a contarnos que para poner en marcha la empresa se llevaron a Mérida profesionales del corcho de distintos sitios: “…de Cordobilla de Lácara, de Carmonita, Jerez de los Caballeros, San Vicente de Alcántara. Hombres que “sacaban” el corcho de toda la vida, expertos en este quehacer. Y vivieron en chozos que ellos mismos hicieron dentro de la fábrica con planchas de corcho. Con ellas hicieron las paredes y de techo pusieron unos palos con corchos de media luna a modo de teja. Allí estuvieron viviendo durante x años, hasta que D. José Fernández López se le ocurrió hacer una barriada para los que vivían en estos chozos y les dio una vivienda a cada uno. Viviendas que al cabo de un tiempo pudieron comprar en propiedad. Aunque eran muy pequeñitas: dos habitaciones, un “cachito” de comedor, un aseo y poco más…”.


En cuanto a la procedencia del corcho, refiere Agustín que “…venía de muchos sitios, sobre todo de Santa Olalla, más incluso que de Cáceres. Algunos de los pueblos cacereños eran: Montehermoso, Aliseda, Arroyo de la Luz, etc. Teníamos muchos, muchos proveedores. Y todo ese corcho lo recibía yo…”.

11.- Agustín, ¿todo ese corcho venía en bruto?:

“…Sí, venía en bruto, y se traía en camiones, pero antes había que extraerlo. A este proceso se le llama descorche o “saca del corcho”. El corcho se saca del alcornoque, es su corteza y ésta engrosa con el crecimiento del árbol y se destina a diferentes usos en función de su calibre y calidad. Su principal uso es el tapón de corcho. El alcornoque se siembra y hay entre 20 ó 25 años, aproximadamente, sin producción…”. Porque para el primer descorche es necesario que el tronco del alcornoque tenga un grosor de 30 a 40 cm y no sobrepase el 1,30 cm de altura de la saca (Brixedo y Susana Expósito, 2014). 

 
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Fig. 12. El corcho es la corteza del alcornoque o Quercus Suber L. Museo del corcho de San Vicente de Alcántara. (Foto Mª Teresa Romo Castro).

Añade Agustín que “…el descorche o “saca» del corcho se realiza a partir de mayo…”. 

Efectivamente, tradicionalmente hay unas fechas para descorchar el alcornoque, pero no son las mismas en todas las zonas de la Península. Mientras que en Badajoz se realiza a partir de mayo en Gerona se efectúa entre mediados de junio y fines de agosto (Sánchez, 1982: 12). 

En realidad, para poder descorchar es necesario que haya células nuevas y blandas, aún no engrosadas, que permitan una fácil separación del tronco (Brixedo y Susana Expósito, 2014).

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Fig. 13. Células del corcho. Museo del corcho de San Vicente de Alcántara. (Foto Antonia Castro Mateos).
 

A este primer corcho se le denomina “bornizo”. Se saca de las ramas y, señala Agustín, “…se utiliza para hacer los portalitos de Belén…”.

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Fig. 14. Restos de «saca» resultado de las periódicas «sacas» de un alcornoque. Museo del corcho de  San Vicente de Alcántara. (Foto Antonia Castro Mateos).

Continua nuestro informante explicándonos que “…las “sacadas” de corcho se hacen cada nueve años…”, pues es necesario para que el alcornoque regenere su corteza y consiga un calibre adecuado para la fabricación de tapones de calidad. Agustín compara el grosor del corcho con un trozo de tocino: “…contra más veta más espeso…”, más calidad. Precisamente, Agustín refiere que la empresa mandaba a las fincas a sus “escogedores” para comprobar el grosor y la calidad del corcho antes de comprarlo. Y además, también nos describe Agustín cómo lo hacían:

“…Con unos cuchillos hacían unas catas al árbol, le sacaban un trocito así de corcho (con la mano hace un gesto que indica que era un trozo pequeño), y comprobaban el grueso y la clase que tenía. Se lo hacían a varios árboles, cada diez o doce, y entonces sacaban el resumen, la totalidad del valor que tenía ese corcho, si era bueno, era malo o era mediano o cómo era. Y así se pagaba…”.

Respecto a la «saca” o descorche Agustín nos cuenta que eran las “cuadrilla de sacadores” quienes extraían las “panas de corcho” sin ayuda mecánica, solo con herramientas tradicionales como el hacha y el cuchillo.

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Fig. 15. Hacha extremeña. Es la herramienta principal en la «saca» del corcho. Este modelo se caracteriza por la forma de la hoja, diferente al modelo portugués, por la apertura de los gavilanes. Museo del corcho de San Vicente Alcántara. (Foto Mª Teresa Romo Castro).

En el Museo del corcho de San Vicente de Alcántara pudimos conocer con detalle y observar, en algunos de sus paneles fotográficos, las diferentes fases de descorche de un alcornoque. En primer lugar, se practican varios cortes circulares en la base y en las ramas del árbol de tal forma que no se dañe la madera para permitir la regeneración de su corteza. Luego, otros golpes de hacha en sentido vertical permiten extraer el corcho con la única ayuda de una cuña de madera y la fuerza humana.

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Fig. 16. Proceso de descorche utilizando herramientas tradicionales como el hacha y la burja o vara que se emplea en la extracción de las «panas» de corcho de las zonas de más difícil acceso. Museo del corcho de San Vicente Alcántara. (Foto Antonia Castro Mateos).
 

Después, tras la extracción, en la misma finca se apila el producto y se prepara el material en fardos, a la espera de su envío a las industrias. Este transporte, que tradicionalmente, se hacía en mulas o en carros por los arrieros, se realiza actualmente, en tractores. Éstos llevan los fardos a los muelles de carga desde los que son distribuidos a sus lugares de destino.

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Fig. 17. Tradicionalmente, el transporte del corcho se realizaba en mulas.
Museo del corcho de  San Vicente de Alcántara. (Foto Mª Teresa Romo Castro).
 

El corcho que llegaba en los camiones a “La Corchera” era descargado por Agustín con la máquina, en el patio. Explica que se trataba de “…un corral grande, porque la empresa tenía un motón de miles de metros. Luego, ese corcho se apilaba…” y se almacenaba un tiempo, para que perdiera la humedad, llegaba a perder entre un 10%  y un 30%, y algunas de sus impurezas.

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Fig. 18. Corcho apilado. Museo del corcho de San Vicente de Alcántara. (Foto Antonia Castro Mateos).
 

Explica Agustín que “…cuando ya estaba seco se utilizaba para los molinos o para el “escogido”…”, para  las planchas, que eran seleccionadas y clasificadas en función de su calibre.

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Fig. 19. Calidades del corcho. Museo del corcho de San Vicente de Alcántara. (Foto Antonia Castro Mateos)

El calibre es el grosor de la plancha medido en líneas desde la barriga a la raspa, que depende además de varios factores como la calidad del alcornoque, su tratamiento y de cuestiones climáticas. Los árboles que proporcionan mejores calibres son los de las zonas templadas y húmedas.

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Fig. 20. Vista de la raspa y  el vientre o barriga del corcho. Museo del corcho de San Vicente de Alcántara. (Foto Antonia Castro Mateos).

El calibre daba la medida de los corchos. Aclara Agustín que aquéllos iban por clases: “…diez abajo, diez a doce, doce a catorce, catorce a dieciocho, dieciocho a veinte, veinte a veinticuatro, etc. Esa era la medida del corcho que había por calibre. Incluso había un corcho que se llamaba “corcho criado” que podía tener hasta veinte años, porque  a lo mejor, había un alcornoque que estaba aislado, no lo “sacaban” y cuando se daban cuenta !uffff! tenía aquel árbol 15 ó 20 años, por eso se llamaba así, “criado” y estaba más duro que una piedra, pero era muy gordo…”.

Una vez seleccionado el material se transformaba el producto en planchas de corcho listas para obtener tapones o planchas de aglomerado para diferentes usos. Para ello, el corcho era cocido, pues la cocción aumentaba su flexibilidad, mejorando también su resistencia y facilitando su trabajo. Especifica Agustín que “…no siendo para serrín el corcho tiene que ser cocido, crudo no vale. Así, se metían las vagonetas en los hornos con unos hierros atravesados para que no se aflojase. Y los hombres encargados de hacerlo estaban como carboneros de negros…”.

En cuanto al corcho de peor calidad nos dice Agustín que este “…era llevado a los molinos. Allí se molía y había unas máquinas que clasificaban el producto. Así, el polvo se iba por un lado  y las piedras, si es que había, se iban para otro sitio, por su gravedad caían del peso. Después, el corcho bueno, que tenía poco poro, se iba para un lado y el que tenía mucho poro para otro lado. El bueno se usaba para hacer serrín. Ese serrín se echaba en una saca y se vendía para aislamiento, para las paredes de aislante y valía muy caro. Ese nada más que lo usaban los terratenientes por aquellas fechas. 

El corcho malo se utilizaba para hacer bloques de aglomerado negro que también servían de aislamiento, para aislar los cines y quitar el ruido y para los barcos, que se forraban de aglomerado negro (…) En Mérida, el cine Trajano tenía sus paredes revestida de corcho de aglomerado negro…”. 

De nuevo, Agustín nos detalla el proceso: “…Para hacer los bloques de aglomerado primero había que meter el serrín en los hornos, en la prensa echaban unos polvos blancos, que era como pegamento, para que compactase. Luego, lo prensaban convirtiéndolo en un bloque. Ese bloque quedaba en bruto, pero ya prensado. Para ello, primero tenían que meter el producto en una vagoneta colocada sobre unos carriles, como los de la RENFE, luego, dos o tres hombres empujaban la vagoneta hasta meterla en el horno, lo dejaban un tiempo y después, lo sacaban tirando de las vagonetas como “bestias”. Inmediatamente, lo metían otra vez a la prensa, aquella placa bajaba y le quitaban los pasadores y la tapa de arriba y ya, ¡pumba¡ salía el bloque.

Posteriormente, ese bloque iba a la pulidora. La pulidora era una sección donde había mucha sierra y unas máquinas que se llamaban pulidoras. Primero, se sacaba la plancha de las pulgadas que se necesitaba, en función de la oferta que había de pedido. Así, se podían hacer de un tamaño u otro: de dos pulgadas, de cuatro pulgadas, de cinco pulgadas. Luego, lo pasaban a la pulidora donde lo pulían fino como esto (Agustín señala la mesa)  por arriba y por abajo y si estaba descuadrado, la máquina lo cuadraba sola. De ahí, los hombres lo pasaban a las cajas de cartones, las precintaban, colocándoles todos los datos: medida, destino, etc., y las llevaban al almacén de embalaje. Era un almacén grandísimo y de allí se echaban las cajas a los camiones para llevarlo a la estación para transportarlo al país que fuese.

La mayoría de de los pedidos iban para el extranjero, para Francia, Irlanda, Inglaterra, etc. Pero pedidos importantes, de 10 ó 12 vagones de tren, porque por entonces se transportaba por la RENFE. Había días que cargaban a lo mejor 5 ó 6 vagones y al día siguiente otros 5 ó 6 vagones, porque la empresa tenía dos camiones, uno iba y otro venía, y con 3 ó 4 hombres para cada camión. Estos camiones eran cargados manualmente, no con carretillas elevadoras, todo a base de fuerza humana. Los camiones entraban por la calle Marquesa de Pinares, por la parte de debajo de “Los Milagros”. Por ahí entraban los camiones a la estación para cargar los vagones de tren, porque el tren no llegaba a la Corchera, estaba en medio el río Albarregas…». 

Domingo: «… Por cierto, mi hermano llegó a ir con los camiones a por corcho a Huelva..».

Agustín:  “…Tu hermano estuvo en la estación de transportista, iba con los camiones para cargar y descargar los vagones. Y después estuvo de ayudante con los chófer para ir a por corcho por ahí, para cargar. José, tu hermano mayor…”.

 
Domingo: “…Me acuerdo un año que Joselico nos trajo un camaleón de esos y fíjate tú un bicho de esos, ya ves tú un camaleón. Los traía de por ahí, de los alcornocales de por ahí, ¡yo qué sé!. Me acuerdo de eso, del bicho que nos daba un ¡repelús!...”.
 
Agustín: “…Por cierto, yo el techo de mi campo lo tengo de corcho negro de cuatro pulgadas, lo que es el “cielo raso, para que el calor no entre. Lo tengo puesto en el comedor y en la cocina, lleva puesto cerca de treinta años…”.
 
En “La Corchera” se hacían además, tapones y “corcholina de lana”. Nos explica Agustín cómo y para qué se hacía la “corcholina”: “… La Corchera tenía unas máquinas que sacaban unas tiritas de corcholina muy finas, como el papel de fumar, o quizás más finas. Este trabajo lo hacían los hombres, con la máquina le daban vueltas e iba pasando el corcho por unas cuchillas muy finas que lo cortaban. Luego, salía y caía en unos cestos muy grandes. Cuando el cesto se llenaba ponían otro y luego a la “saca”. La “corcholina de lana” se destinaba a los colchones, porque entonces los colchones como los de ahora no existían, solo eran de lana. Recuerdo que iban las mujeres al rio a lavarlos y a pegarles palos….”. 
 
En relación a la fabricación de los tapones, Agustín también comenta que “…los tapones los hacían las mujeres y había trabajando en “La Corchera” unas 150 mujeres…”. Añade que la relación con ellas era buena y que donde las mujeres trabajaban también había hombres. Puntualiza que: “…allí no ha habido nunca jaleo, se respetaba a las mujeres como compañeras…”.
 
12.- ¿Se acuerda si salieron algunas parejas de novios de «La Corchera»?:
 
Agustín: “…Sí, bastantes. Precisamente, uno que hacía “corcholina de lana” que es la Ubalda y Felix Huerta. Esos trabajaban allí juntos y salieron de novios muchos años y aún están casados...”. 
 
Mª Carmen:  “…¡Cómo pasaba en el Matadero!…”.
 
Agustín: “…Sí, qué más da. Era normal, entre compañeros. Allí… (en «El Matadero») por encima de las ocho o diez parejas salieron y se casaron…”. 
 
Mª Carmen:  “…Bueno, claro es que es lo normal en los trabajos. Yo conocí a Domingo donde yo trabajaba, porque iba a comer allí. Por eso lo conocí…”.
 
Siguiendo con el tema de la fabricación de los tapones de corcho, también apunta Agustín que anteriormente  los tapones se hacían a mano. 
 
En efecto, cuenta el señor Ángel Rebolo, taponero de Mérida, que ha hecho durante muchos años y hasta 1977 tapones a mano, “escogiendo”, “calibrando” y “cuadrando”. Para ello contaba con unos cuchillos que venían de Cataluña, se utilizaban para el recorte, limpiando los “escotes” que es lo que se conoce como “rabanear” las planchas en tiras de una anchura ya elegida y las tiras se convertían en “cuadradillos” de donde se sacaban los tapones. Lo describe Sánchez (1982: 14): “…Don Ángel cogía la rebanada con la mano izquierda y con la cuchilla de cuadrar puesta en el “burro” y sobre el “gato”, donde apoyaba la rebanada, con el cuchillo iba haciendo el tapón en redondo y así hacía de 2.000 a 3.000 diarios…”. 
 
En San Vicente de Alcántara, también había algunos talleres tradicionales, se conocían como “bolicheros”. “Bolichero”, precisa Agustín Gil y Gil, “…se llama a una familia que se dedica el padre y dos o tres hijos, el cuñado y el primo  o el hermano a comprar unos quintales de corcho y fabricarlo ellos mismos en su casa para después venderlo y tener para comer…”. 
 
Estos talleres artesanales surgieron, en San Vicente de Alcántara, a finales del siglo XIX y estaban equipados, en algunos casos, con sus propias calderas, su pequeña bodega, cajones de cuadrar y maquinaria rudimentaria para la fabricación de tapones. Constituyeron una alternativa familiar  a la gran industria corchera inglesa y catalana del momento. Los «bolicheros» surgieron como respuesta a la crisis que provocó el traslado de la «Fábrica del Inglés» a Portalegre y el consiguiente problema de desempleo que por esos años sufrió la localidad de San Vicente de Alcántara hasta el fin de la industria tradicional, provocada por la Guerra Civil, después de la cual los «bolicheros» pasaron a ser un oficio en el recuerdo (Paneles del Museo del Corcho de San Vicente de Alcántara). 
 
Luego, esta actividad  se mecanizó con el método de la garlopa, una de las primeras innovaciones tecnológicas aplicadas a la industrial del corcho. Consiste en una cuchilla rotatoria que recorta el tapón directamente de una plancha de corcho natural. Este trabajo era hecho por las mujeres y llegaron a doblar la producción. La máquina fue introducida por Francisco Vidal y Monner, en San Feliu de Guisols, en 1850. 

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Fig. 21. Garlopa. Museo del corcho de San Vicente de Alcántara. (Foto Antonia Castro Mateos).
Más tarde se introdujeron las brocas, ya mecanizadas eléctricamente. Fabricaban 10.000 tapones al día. Hoy, la tecnología permite que se puedan hacer más de 40.000 tapones diarios. Se escogen, secan, pulen, lijan, lavan y suavizan con parafina especial para facilitar la introducción y descorche de la botella y, por último, se les graba la marca de la bodega correspondiente.

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Fig. 22. Modernos procesos industriales aplicados a la industrial del corcho. Museo del corcho San Vicente de Alcántara. (Foto Mª Teresa Romo Castro).
Todo el corcho que no sirve para hacer tapón natural y los restos del proceso de obtención del mismo pasan a los molinos donde se trituran en diferentes grosores para la obtención de varios productos (Brixedo y Expósito, 2015). 
 
Existen diferentes tipos de tapón de corcho: tapón natural, tapón natural multipieza, tapón natural colmatado, tapones de cava y vinos espumosos, tapones técnicos, tapones aglomerados, tapones cabezudos. Señalan Brixedo y Expósito (2015) que, en la actualidad, el más demando es el tapón de aglomerado, fabricado a partir de panas de corcho trituradas no aptas para la fabricación de tapón natural, porque es la alternativa más económica para conservar en óptimas condiciones el vino. No obstante, hay ciertos tapones de aglomerados a los que se le pega al final del tapón unos discos de corcho natural muy finos que son los que están en contacto con el líquido. Esto sucede con los tapones de cava. La forma de seta característica del tapón de cava se debe a la presión, cuando el tapón se introduce en la botella.
 
13.- Agustín ¿llevaba ustedes uniformes?:
 
“…Bueno, vamos a ver, estuvimos 8 ó 9 años con nuestra ropa de calle. Luego, nos empezaron a dar ropa, un mono, un buzo de esos… Así, te ahorrabas la ropa tuya. Además, nos dieron también una taquilla con candado para meter nuestra ropa. Dentro de la taquilla tenías tres o cuatro perchas para poder colgar la ropa…”.
 
14.- ¿Tenía la empresa algún logotipo? ¿colores especiales con los que se identificaban?:
 
“…Sí, la marca COREX. En cuanto al color, hubo una época en la que hicieron  los uniformes de colores diferentes según las secciones para que no hubiese despistados. Mi color ha sido siempre azul…”.
 
15.- ¿El color de las mujeres era rosa?:
 
Risas.“…No, no las mujeres vestían todas iguales, yo estoy hablando de los hombres. Por ejemplo, la sección de molinos tenía el color amarillo, y tenía su explicación, porque  si te pasabas de una sección o departamento a otro, el jefe te decía: -Tú ¿qué haces aquí, si eres de la sección de molinos? . Así, en seguida te identificaban y te mandaban a tu sección, salvo que hubieses ido a hacer algún “recao” que te había mandado tu jefe…”.
 
16.- O sea que los colores era para que no se despistara nadie, ¿no?:
 
“…Sí…”.
 
17.- Y las vacaciones, los permisos ¿cómo eran?:
 
“…Pues yo no he conocido permiso prácticamente ninguno, porque los trabajaba todos. Me los pagaban doble siempre…”. 
 
18.- Ha trabajado mucho ¿no?:
 
“…Aquí esta de “testiga” mi mujer, yo estaba casi “de guarda”, eh…”.
 
Rosi, mujer de Agustín: «…¡De guarda, de guarda!…».
 
Agustín: “…El guarda jurado de la empresa me llamaba y me decía: – Agustín, vente para acá que han venido dos camiones. Yo tenía que coger e irme rápido para allá, colocar los camiones donde les correspondía por el material que traían y descargarlos con la máquina, remontarlos a la pila y pesarlo, porque yo también los pesaba. Y, también  era el que ponía los camiones en descarga, donde le correspondía a cada uno. Ahí ha habido días de 42 camiones para entrar. Llegaba la cola desde la puerta de la fábrica hasta la fábrica de Harinas Galán….”.
19.- Entonces ¿cuántas horas estaba en la empresa?:
 
Agustín: “…Bu, bu, bu, ¡figúrate!, yo he estado con el traje y la corbata puesto para irme una fiesta a Montánchez con mi mujer y sonar el teléfono… y decirme el director de la fábrica:-Vente urgentemente que hay un fuego, en un ciclón de polvo. Y enfrente estaba la fábrica nueva de Monteoro. Así que le digo a mi mujer, a Rosi: -¡¡Fuera, la ropa!! Y ella: -¿Cómo te vas a ir ahora? Digo:- Esto esta antes que la fiesta y que to. ¡¡Pum!!, cojo el coche y me voy rápido hasta allí. Cuando llego le digo al guarda jurado: _Tú: agárrate la manga, abre la trampilla, esa por la que salía el fuego del ciclón. Así que, él guarda echando agua y yo con la máquina quitando todo el polvo y las llama, como esto de alto,…!pum pum, pum, pum!… En una hora, aproximadamente, quedaba el fuego sofocado. Ya lleno de agua y apagado todo. Así, sofocamos el fuego y evitamos que la fábrica de Monteoro saliese ardiendo….”.
Domingo: “…Eso fue en el polígono industrial ¿no?…”.
Agustín: “…Sí, y en un día de fiesta…”.
Rosi, mujer de Agustín: “…Fue la fiesta de San Blas y a mí me sentó…”.
 
20.- Entonces estaba usted a plena disposición de la empresa, le podían llamar a cualquier hora ¿no?:
 
“…Vamos a ver, desde el día 1 al 30 de septiembre la fábrica se cerraba, pero las entradas no se podían sujetar, porque era la fecha de entrada del material. Entonces, allí tenía que haber uno al cargo de aquello, y ese uno era yo. ¡De toda la vida!…”.
 
21.- Entonces ¿cuándo cogía vacaciones?:
 
“…Las cogía después cuando el personal se había incorporado ya a trabajar. Me quedaba una semana en casa o lo que me parecía. Pero ese incendio que le he contado no es el único, hubo más y como yo era el palista, pues era la cabeza visible para los fuegos, para apartar todas las cosas…”.
 
Ante estos hechos la empresa le agradece a Agustín, vía epístola, su comportamiento ejemplar. Cartas que Agustín nos muestra y nos deja leer para que comprobemos que es cierto lo que nos ha contado. Junto a estos documentos hay otros donde también le agradecen haber impedido una inundación en la barriada Santa Catalina, aledaña a “La Corchera”, haber devuelto dinero que le habían metido de más en su nómina, también le felicitaban por su puntualidad, asiduidad, honradez y “buen hacer” en el trabajo. 
 
Mª Carmen: “… A ver, es que en aquellos años se trabajaba mucho, yo me acuerdo recién casada, cuando vivíamos en Barcelona, Domingo no conocía a ningún vecino, porque siempre estaba trabajando…”.
 
Domingo: “…Siempre…”.
 
Mª Carmen: “…Siempre, los domingos, los sábados, porque tenía un taller en Castelldefels, en la playa y siempre estaba trabajando…”.
Domingo: “…Yo solo descansaba los domingos por la tarde…”.

Mª Carmen: “…Mira Antonia me acuerdo una vez, que mi hija, que siempre ha pensado mucho, me dice un día mama: –¿Papá se ha muerto? (risas). Es que me han dicho los compañeros que si no lo veo es que se ha muerto…” (más risas). 

Domingo: “…Eso pasaba en todas las casas. Yo salía a las 6 de la mañana para coger el autobús hasta el metro y del metro a 13 ó 14 kilómetros, ahora coge otra vez…¡Fíjate!, el día del golpe de estado no me enteré de nada, vine de Castelldefels sobre las 7 ó las 8 para irme para casa y cuando llego allí me dice el Alejandro: -¡Oye, qué ha habido problemas en Madrid¡, ¡qué coño problemas ni que leches!. Dice: –  ¡¡Buhhh!!, habrá tiros allí, me dice mi jefe. ¡Vamos anda! le dije yo.Total que cuando llegué a casa eran las diez y pasé por Santa Coloma de Gramenet y estaba todo el Ayuntamiento encendido por todos los «costaos», porque el Ayuntamiento era comunista. Yo nada más que descansaba el domingo por la tarde. Así que, yo me fui para mi casa y se acabó…”.

Mª Carmen: “…¡No pasé yo na!, me dio un susto….Y me fui del salón a la cocina y sentí los disparos, porque nosotros vivíamos a la espalda del Ayuntamiento. Me fui al salón porque me temblaban las piernas, me temblaba todo, porque se decía que en Santa Coloma había nada más que gente de izquierdas (risas). Nos van a liquidar a toda la gente que vivimos aquí…”.

Agustín: “…Yo, a partir de una época, no tenía que coger tanto transporte, porque compré un piso en la barriada de Santa Catalina que estaba enfrente de la Corchera. Entonces, yo llegaba a las 10 de la noche a mi casa y a las 5 de la mañana me tenía que levantar otra vez para irme a trabajar, y yo veía a mis hijos acostados…”.
Mª Carmen: “…Claro, lo que yo te digo…”.
Agustín: “…Y el sábado a trabajar también ¿eh?, mucho cuidado (bis) ¡está claro!, eso estaba a la orden del día…”.

Así que, la jornada de trabajo se duplica, pues por entonces ya eran muchas las mujeres que, como Mª Carmen, trabajaban dentro (trabajo doméstico) y fuera de casa (trabajo asalariado). Nos cuenta Mª Carmen que cuando ellos vivían en Barcelona quienes iban a las reuniones del colegio eran las mujeres, «…porque los hombres es que no, es que los hombres…Yo he trabajado siempre, pero, ¡chisss!, los hombres, yo ya te digo salían por la mañana y hasta las 10 de la noche. Mi marido yo creo que nada más que conocía a estos vecinos, los demás no los ha llegado a conocer. Y los domingos salía con los niños de paseo, porque yo tenía la peluquería y los domingos aprovechaba para limpiar . Porque entonces, los sábados también se iba a trabajar y los domingos cuando le tocaba….”.

Domingo: “…Sí, porque (el taller) daba un servicio permanente las 24 h´…”.

Mª Carmen: “…Ellos miraban por la empresa como si fuera suya, ¡yo que sé!…”.

Agustín: “…Yo he sido siempre muy amante de mi trabajo y era mi segunda casa. Yo mira, estoy trabajando con la máquina, y llega el jefe de producción, y me dice: -Agustín bájate que te voy a decir que me tienes que hace un  trabajo ahí atrás. Le digo: -¿Qué vas hacer?, eso ya lo hice yo ayer. Y me dice: -¿No me digas? …”.

Rosi, mujer de Agustín: “…Hoy le tienes que mandar dos veces para que te lo hagan…”.

Mª Carmen: “…Nosotros en Barcelona igual…”.

Domingo: “…Mira, yo vivía del taller a 13 ó 14 kilómetros de distancia y quién te crees que tú que abría el taller a las 8 de la mañana, habiendo 28 más allí, la mayoría catalanes, maños, valencianos, de Castellón, andaluces, gallegos…”.

22.- Agustín:, ¿en el trabajo tenían alguna peña o asociación en la que se reuniera con los compañeros y amigos?:


“…Sí, teníamos muchas. Mira, teníamos una peña para ir de caldereta, por lo menos una vez o dos veces al año…”.

Rosi, mujer de Agustín: Risas. “…Agu, cuéntale alguna granujá de las que les hacías a los pobres...”.

Agustín: “…¡Eh!, ¡eh! Bueno… Eso son ya cosas de gente joven...” (risas). Entonces, te explico: -Yo tenía una peña en el bar de la Oficina, en las cuatro esquinas, adonde esta la agencia de viajes Nemo enfrente, en la esquina. Ese era el bar de la Oficina de toda la vida. Ese lo llevaba el Pepe y luego, se lo dejó a un tal Modesto que lo heredó como hijo, pero vamos hasta hace 8 ó 10 años ha estado abierto. Pues, ahí teníamos una peña que nos juntábamos, a lo mejor, todos los meses dos veces. Algunos eran compañeros de la Corchera,  otros no, mi hermano también era de la peña…”.

23.- ¿Tenía nombre esa peña?:

“…No, no, era una peña en la que jugábamos a la lotería todos los meses. Poníamos un dinero y luego, pues si se recaudaba y se juntaba algo de dinero nos íbamos al “Vivero” de caldereta, adonde está el Centro de Mantenimiento de carreteras. Nos juntábamos 14 ó 15 en la peña y muchos eran compañeros de la Corchera. Y como esa peña nuestra había muchas…”.

Cuando le pregunto a Agustín si los amigos de la peña se juntaba también con motivo de alguna otra festividad, apenas me deja terminar la frase y nos dice: “…sí, sí, pues el día de la Mártir, ¡buuuu…!,¡madreee!…., ¡el día de la Mártir!. Después de la procesión se iba a los bares a hartarte de beber, es que es lo que había…” Pone mucho énfasis en estas palabras.

24.-  ¿A las pitarras?:

“…Sí, ¡es lo que había!. En la Mártir… ¡Es lo que había!, vino, vino, vino y tabernas y ¡venga!… Y los más flamencos se subían en una mesa y pateaban y los de alrededor tocaban las palmas…”. Agustín toca las palmas, jalea un poco poniéndose en situación y dice: “…¡Venga!, la botella de vino con una caña, nada de vaso, y la botella iba y venía y cuando se acababa esa botella, otra y otra.

Mira Antonia, teníamos «La pitarra de Vicente Amparo”, “La pitarra de la Panadera”, en la Calle Nueva, que se decía “La Panadera”, que tuvo dos hijos Emilio Ardila que era jugador del Mérida, y el hermano, el Paco, que también fue jugador del Mérida. Esa también fue otra pitarra. También, “La del Botero,” “El Manos Viejas”, allá en la calle Pedro María Plano, “La de Carrasco”, “La de la Vita”, en el Rastro, enfrente de Presidencia ahora. 

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Fig. 23. En Mérida  el ritual de pinchar la pitarra, donde el vino es el protagonista indiscutible está dedicado a la «Mártir Santa Eulalia». En la imagen, Santiago Carrasco en la puerta de su bodega, presidida por una fotografía de Santa Eulalia (Foto Antonia Castro Mateos, realizada en diciembre del año 2004 con motivo de una entrevista a Santiago Carrasco).
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Fig. 24. En 1989 los amigos de la «Peña del Tú- tú» le concedieron a Santiago Carrasco un diploma por su saber estar, extremeñismo y hospitalidad (Foto cedida por Santiago Carrasco).


 Pues todo eso eran pitarras y se iba de un lado para otro, aquí una copa, allí la otra, allí la otra y cuando terminabas, pues terminabas… ¡Ufff!… Por eso había tanta gente que iba borracho. Como lo que se utilizaba era el vino y después de utilizar el vino como la mitad estaban «desmayaos» (de hambre), pues peor. No como hoy que tenemos colesterol y grasa de sobra, me entiendes o no? Y como no habían desayunado y encima te tomabas 5 ó 6 ó 10 ó 15 copas de vino, pues terminabas como terminabas…”.

25.- Agustín, ¿iban las mujeres a las pitarras?:

«…No, eso era solo de hombres...».

26.- Las mujeres iban a la procesión ¿no?:

«… ¡¡Bueno!! la que salía…».

27.- ¿Salían poco las mujeres?:

“…Entonces los matrimonios…. ¡¡¡Bah!!!… Le hablo de un 30% la mujer iba por un lado y el hombre iba por otro, ¡bah!, ¡bah!, ¡bah!, en aquellas fechas ¡hummm!…”.

Eran años muy complicados ….Agustín me corta diciendo:  “…¡Bu!, ¡bu!, ¡bu¡ Hoy esa situación ha dado una vuelta…. yo….sin aquella   [señala a su mujer ], no voy a ningún lao…”.

Mª Carmen: “…La mujer era lo que era Antonia…”.

Antonia: «…Pero la situación ha cambiado para mejor….».

Agustín: «…Está claro…».
Mª Carmen: “…Entonces, se casaban y es verdad que los hombres salían…”.
Agustín: «… Quéeeeee?…».
Mª Carmen: “…Bueno, … Salían (los hombres) por un lado y las mujeres no iban a ningún lado…”.
Agustín corta a Mª Carmen y puntualiza: «…¡Vamos a ver!, ¡vamos a ver!, el hombre se iba al bar y se abandonaba a la mujer en casa, pero hasta los domingos…”.
De fondo, se oye a Rosi, la mujer de Agustín y a su nieta hablar de otros familiares mientras contemplan algunas fotos antiguas que Mª Carmen ha sacado de la caja de los recuerdos. No tardamos en sumarnos a esa conversación pues Rosi requiere la atención de Agustín y de Mª Carmen para que les identifique a algunas de las personas que salen en las fotografías: Petra, la prima de Agustín, su tía Angelita,  José, el hermano de Domingo, etc.
Volviendo al tema de las celebraciones Agustín nos cuenta que en «La Corchera» celebraban el día de San Silvestre, el 30 de diciembre, porque era el santo del director.“… Ese día no trabajábamos nos daba la empresa fiesta, porque era el santo del director, D. Silvestre Lincheta, quien nos daba una paga extraordinaria aparte de lo que nos correspondía, a lo mejor, de una media mensualidad, lo que fuese… En resumidas cuentas, nos daban ese día de vacaciones, era  fiesta, pero íbamos a cobrar la paga (a la empresa), pues había allí, dos o tres oficinistas, que eran parte del personal que eran los que nos pagaban…”.
Agustín saca una foto, nos la enseña y señala que es él con algunos de sus compañeros después de haber ido a cobrar la paga el día de San Silvestre: “…Íbamos vestidos de guapo a cobrar la paga (risas). Y después que cobrábamos la paga, pues, bueno... Esta foto…». Agustín se pone en actitud pensativa intentando recordar donde fue hecha la foto…”.
Antonia: «…Parece los soportales de la Plaza España, donde se ponían los taxis…».
 
 Agustín: «… Sí, parece, pero no sé…».
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Fig. 25. Agustín Gil y Gil con algunos de los compañeros de «La Corchera» celebrando el día de San Silvestre, en el año 1954. Agustín tenía 17 años (Foto cedida por Agustín Gil y Gil).
28.- ¿Tenía “La Corchera” alguna celebración especial más aparte del santo del director?:
 
“…El día de “Reyes y el día del Trabajador, el uno de mayo. El día de “Reyes” daban los regalos a los hijos de los trabajadores en el cine Mª Luisa. Consistía en un sorteo. Allí cada juguete tenía su número puesto, tú metías la mano en una caja de cartón grande y si sacabas el número 20 que podía ser de niño o de niña, porque no le vas a dar un muñeco a un varón. Así que, había dos números de cada clase: Niño y niña y cada uno sacaba su número de la caja. Venga, sale el número 20 y había allí 3 ó 4 responsables e iban al número 20 y decían toma te ha tocado el paraguas. Y salía cada hijo de un obrero con un regalo del cine Mª Luisa…».
29.- ¿Se vestía alguien de “Rey Mago”?:
 
«…Sí, sí, claro, compañeros míos, los tres, los tres (se vestían) de Reyes Magos…”.
30.- Y la fiesta del Primero de Mayo ¿cómo la celebraban? y ¿a partir de qué fecha?
 
“…Después de la posguerra, porque antes no se podía hacer ninguna manifestación. No podíamos ni estar hablando más de tres personas en la calle Santa Eulalia. Si te encontrabas con dos amigos y te parabas a hablar con ellos y llegaba la policía, que era «guarda santos»,  te decían: -¡Por favor circulen! que no se puede estar así. Porque entonces, estaban las emisora de “Radio Moscú”y “La Pirenaica” y en ella te decían todas las cosas que pasaban por España y el que era un poco político, pues la escuchaba por la noche, pero con mucho cuidado ¡¡¡eh¡¡¡…”.
Mª Carmen: “…La escuchaba mucha gente. “La Pirenaica” se retransmitía desde Francia…”.
Agustín: “…Nosotros tuvimos un buen altercado en la Corchera por los años 58 ó 59. Fue porque se tiraron unos pasquines y vino la policía secreta de Madrid y todo. Y toda la empresa tuvo que declarar y a algunos les registraron las casas y a varios los metieron en la cárcel, otros escaparon…”.
Efectivamente, el movimiento obrero comienza a recomponerse en 1958, cuando se aprueba la Ley de Convenios Colectivos Sindicales que hace posible las elecciones sindicales y la negociación colectiva en el marco del sindicato vertical (Rivas, 2010: 67). A partir de entonces, la conflictividad laboral crece y las organizaciones obreras intentan devolverle al 1º de mayo su identidad originaria. Pues tras la guerra civil la dictadura franquista lo había vaciado de su significado primigenio al vincularlo a la celebración de la fiesta nacional, el 18 de julio. De esta forma, rebautizan el 1º de mayo como Fiesta de la Exaltación del Trabajo Nacional.
Hasta 1955 esta fiesta fue organizada por la nueva Administración – con la Falange, el ejército y la iglesia-. Consistía en desfiles militares, actos del partido único y misa de campaña donde la consigna era exaltar el interés nacional y la adhesión a la figura del caudillo (Rivas, 2010: 65).
31.- ¿Tenían alguna prestación social en “La Corchera”?:
 
“…El economato que ya he comentado, un médico diario, D. Ubaldo, y un practicante, Miguel Tejada. Éste estaba allí todo el día, entraba a las 8 de la mañana hasta las 3 de la tarde y el médico iba de 12 a 2´h…”.
32.- Agustín, ¿podían ser peligrosos algunos de los trabajos que se realizaban en “La Corchera”?:
 
Agustín señalando los manuscritos que nos ha traído dice: “…Ahí vienen cuatro muertes. Uno de ellos vivía en esta barriada, Valeriano Contreras, se cayó de un tejado del taller mecánico y se murió en el acto. El segundo trabajaba en la cantera de Procor y al abrir la puerta de una caldera salió un fogonazo de llama y se quemó. Otro limpiando una tolva, se cayó hacia atrás, clavándose un tornillo en el cerebro. Y otro se quemó (…) los trabajadores que hacían las planchas negras tenían una prima por trabajo penoso…». 
 
33.- ¿Qué prestaciones sociales daba la empresa a la familia cuando pasaba un accidente de estas características?:
 
 “…Una indemnización, como un accidente de trabajo…”. 
 
34.- Agustín, ¿recuerda si tenían ustedes algún santo al que se encomendaba rezándole alguna oración?:
 
“…No, aquí nada más que estaba la “Mártir Bendita” si te pasaba algo, “Mártir Bendita”, “Mártir Bendita”…” (risas).
Domingo: Siguen las risas “…¡Mártir Bendida, Mártir Bendita que me quede como estoy!...”.
Agustín: “… Te pasaba cualquier cosa y decías: ¡Me cago en la mar!, ¡ay Mártir Bendita!… Es que la “Mártir Bendita” estaba muy presente en todo…”.
Domingo: “…Síiii, siempre…”.
35.- ¿Quién le hablaba a usted de la Mártir Agustín? ¿quién le inculcó esa creencia?:
 
Señala Agustín que fue su madre quien le inculcó la creencia en la Mártir Santa Eulalia, porque “…en mi casa, mi madre era muy religiosa. Mi padre decía: -Yo voy a misa cuando voy a un entierro…” (risas). Pero mi padre llegó a ser  mayordomo de la Virgen de las Nieves en la Zarza un montón de años…”.
36.- ¿En qué consistía eso de ser “Mayordomo» de la Virgen de las Nieves?:
 
“…Pues vamos a ver, organizar una procesión (…) comprar y preparar las velas de las procesiones con los distintivos de colores (…) las flores (…) recoger las cuotas de los hermanos (…) guardar uno de los juegos de llaves de la iglesia por si había que ir para hacerle algo a la Virgen. En fin, era responsable de todo…”.
37.- ¿Cuándo se vinieron a Mérida cambió su padre la Virgen de las Nieves por la Mártir?  ¿formó parte de su asociación?:
 
“…No, no, no, no, mi padre dejó de ser mayordomo allí en la Zarza y aquí, en Mérida, con la “Mártir” como cualquier ciudadano más…”.
Aunque Agustín y su familia se trasladaron a Mérida a vivir la devoción a la Virgen de la Nieves ya había echado raíces en la familia, y en especial en Agustín, pues, como ya hemos indicado antes, vuelve al pueblo casi todos los años para celebrar su fiesta.
38.- Hablando de otra cosa, Agustín el Matadero tenía un equipo de fútbol, ¿tenía alguno “La Corchera”?
 
“…Sí, sí, sí la Corchera tenía su equipo, y había una liguilla, a lo mejor, entre doce o catorce equipos de empresas, y se jugaba (…) Estaba el equipo de Cepansa, el Matadero, otro que se llamaba Imperial, que estaba por la zona donde está hoy la tienda del Pavo el equipo de AOA que estaba en el «Barrio”, el equipo de fútbol de Santa Eulalia. Eso era por los años 60.…”.
Nos cuenta Agustín que él, a diferencia de Juan Antonio Ramos Blanco que jugaba en el equipo de fútbol IFESA, no jugaba en el equipo de “La Corchera”, pero “…he sido 37 años directivo del Mérida y hace 6 ó 7 años que lo dejé. Yo entré en el Mérida de directivo junto con Ubaldo, con Álvarez Benito también médico, (…) hasta llegar a Pepe Fouto, con él he estado dos etapas…”.
39.- ¿Por qué se llamaba el equipo de la ciudad el “Mérida Industrial”?
 
“…Pues muy sencillo, porque estaba subvencionado por las empresas de la ciudad. La Corchera daba un dinero, el Matadero daba otro, la Cepansa daba otro, la Hilatura daba otro, el Águila daba otro, la Coca cola daba otro, la Casera daba otro, la Renfe daba otro y entonces era así el Mérida Industrial. Nada de las empresas pequeñas, ¡¡no!!, las grandes…”.
Señala Mª Carmen que aquella Mérida industrial “…tenía que haber sido impresionante, ¡¡tantas empresas!!…” y se lamenta del cierre de “La Corchera”, preguntándose cómo era posible que se viniera abajo con la cantidad de salidas que tenía el corcho.
Al respecto, pone Agustín un ejemplo para ilustrar algunas de las causas que, según él, provocaron el fin de «La Corchera” en Mérida, a principios del siglo XXI: “…Si entran mil euros al mes y la madre lo coge y le da a cada hijo todos los domingos 100 euros, se lo da dos domingos, al tercero ya no se lo puede dar. Y eso ocurrió en la primera, pero es que en la segunda fue peor, porque nada más que duró 14 años. Yo he estado allí 10 años y a los 4 años desapareció, echaron a todos, ¡los pobres!… que los ha cogido a todos embarcados, todos con pisos, algunos con el coche, otro estudiando los hijos, todos embarcados…”.
Mª Carmen: “…Y no queda nada de “La Corchera”…”.
Agustín.: “…Allí, escombros…”.
Domingo: “…Nada, escombros…”.
No obstante, hemos podido comprobar que a pesar de la ruina en la que se encuentra el legado industrial corchero de la ciudad de Mérida sus paisajes aún están parcialmente «vivos», adheridos a la memoria de unas pocas personas y a sus corazones, pues recordar, del latín cor-cordis, es «volver a traer al corazón».

 

En efecto, desde allí ha mirado, recordado y reconstruido Agustín Gil y Gil su pasado corchero. Gracias a su testimonio hemos encontrado que aún quedan algunas huellas del patrimonio de «La Corchera»: recuerdos dormidos, documentos arrinconados, imágenes oscurecidas, paisajes emborronados, testimonios enmudecidos que nos han descubierto que en la historia de Agustín, como en la de Rosa Mª Ceballos Blanco, Rosa Mª Ávila Benito, Antonio Ramos Blanco, Manuel Conde, Domingo Mocatel Barraga y Antonio Rodríguez Gómez, aún quedan algunos rastros de una cultura histórica parcialmente viva, que «late» con cada recuerdo traído a la memoria. Así, con cada latido Agustín ha rescatado del olvido lo memorable del recuerdo. Desde aquí le damos las gracias por su testimonio.

Bibliografía

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Sánchez Sanz, Mª. E. (1982). “El corcho: su extracción y su aprovechamiento”, en Narria. Estudios de artes y costumbres populares. Nº 25-26: 10-15.

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