Sujetos- Objeto de la Investigación. Re-viviendo el pasado: Rosa Mª Ávila Merino

10/03/2015
Antonia Castro Mateos

Comenzaba el mes de diciembre cuando Rosa Mª Ávila Merino se incorporó al proyecto invitada por nuestra compañera Kati González Martínez. En un principio, Rosa Mª estuvo un poco reticente, no veía muy claro como podía colaborar, pues pensaba que el tema objeto de la investigación ya había sido estudiado por historiadores y cronistas de la ciudad y que, por tanto, poco o nada se podía aportar. Sin embargo, unas pocas sesiones sirvieron para hacerle cambiar de opinión y entusiasmarla con el proyecto. Poco a poco fue descubriendo la Antropología, algunas de sus técnicas de investigación y, sobre todo, que en sus recuerdos, percepciones y experiencias sobre la Mérida Industrial había retazos de historia que podían ser útiles a la investigación. Así, Rosa Mª empezó a colaborar y participar activamente, interviniendo en las sesiones, en las entrevistas a sus compañeros, buscando informantes y contándonos, durante una de las sesiones del proyecto, en el Centro Asociado UNED Mérida, una parte de su “historia de vida”. La entrevista fue realizada por la alumna Mª Carmen Torres Fernández el dos de febrero del 2015.

Rosa Mª Ávila
Fig. 1. Rosa Mª Ávila Merino. (Foto Antonia Castro Mateos).
KATI GONZÁLEZ
Fig. 2. Kati González Martínez. (Foto Antonia Castro Mateos).
Mª CARMEN TORRES
Fig. 3. Mª Carmen Torres Fernández. (Foto Antonia Castro Mateos).
En verdad, las diferentes voces que hemos escuchado en el transcurso de nuestro particular trabajo de campo son historia además de historias, pues como dice Beatriz Moncó (2000: 174) cada ser humano es porque se recuerda, y al hacerlo narrativiza, pone al día y hace presente lo que fue su pretérito. De esta forma es como la memoria individual y colectiva se expresan en un hoy, son interpretaciones y re-interpretaciones de un ayer que ya fue. El pasado se alcanza desde el presente.
En efecto, la “historia” de Rosa nos sumerge, no solo en las circunstancias particulares de su vida, sino en el contexto histórico y en las condiciones sociales, económicas políticas y morales en las que como mujer le tocó vivir tanto en la etapa anterior al desarrollo industrial de la ciudad de Mérida como durante el mismo.
Rosa nace en Mérida, en el año 1949, en el seno de una familia de clase media. Sus padres tenían ideas conservadoras sobre el papel que la mujer debía desempeñar en la sociedad. Así, se le trasmitió desde su infancia que el lugar de la mujer, una vez casada, era el hogar. En palabras de Rosa: “…Nos enseñaban (…) nos preparaban para ser mujeres de nuestras casas (…) para ser ama de casa, madre y esposa (…) entre los ocho y diez años empecé a bordar con bastidores a mano (…) en verano, durante las vacaciones con una señora que se dedicaban a enseñar a bordar…”.
En aquellos años cincuenta, el proceso de construcción social de la mujer también se llevaba a cabo en la escuela donde la formación religiosa y la preparación de las mujeres para el hogar eran dos asignaturas de formación obligatoria destinadas a instruir a las jóvenes para su papel de esposas y madres. Refiere Rosa Mª Ávila que en la escuela “…también aprendíamos a bordar, teníamos allí una profesora que nos daba religión y sus labores…«.
 
Dentro de la familia la vida de las mujeres estaba marcada por una estricta autoridad patriarcal que reflejaba la ideología oficial y los valores dominantes de aquella sociedad que otorgaba cualidades dicotómicas diferentes a hombres y mujeres. A los varones se les educaba para la independencia, fortaleza, valentía, agresividad, etc., a las mujeres para ser el contrapunto, su complemento, es decir para la dependencia, obediencia, ternura, sensibilidad, debilidad, etc.  Como apunta Rosa Mª Ávila:
“…A pesar de que mi padre venía de Madrid y había vivido muchas cosas allí, y su mentalidad no era la de una zona rural, sin embargo, siempre la que perdía era la mujer. Él nos quería  proteger (…) Mi padre decía que todo lo que yo hiciera (tenía que ser) aquí en Mérida. Sin embargo, yo tengo un hermano, el mayor, que se fue al ejército con diecisiete o dieciocho años y como que bueno… Era su vida, su vida. Entonces, las niñas nos teníamos que quedar aquí, aquí todo (…) Mi padre quería tenernos siempre aquí, bajo su cuidado…”.
 
En el mismo sentido se manifiesta Mª Carmen Torres Fernández:
“…De todas maneras, en nuestra época siempre daban más facilidades a los hombres, porque mi marido son nueve hermanos, dos hembras y siete varones y los varones han tenido siempre muchos más estudios que las hembras…”.
 
Aunque el destino de la mayoría de las mujeres estaba anudado al hogar impidiendo que aquéllas pudieran alcanzar niveles de instrucción ni tan siquiera medios, pues eran considerados de poca importancia para ser una buena esposa y además, las chicas estaban discriminadas en el sistema educativo, ya que en la mentalidad de la época primaban los estudios de los varones de la familia, Rosa Mª Ávila, gracias a la mentalidad “avanzada” de su madre y a la permisividad de su padre, tuvo la posibilidad de ir a la escuela, realizar, posteriormente, estudios de contabilidad y taqui-mecanografía y además, trabajar fuera de casa. Gracias a ellos, Rosa Mª tuvo la posibilidad de desarrollar sus talentos e inteligencia y realizarse profesionalmente. En expresión de Rosa Mª: “… Mi padre ya como que abrió una mano para que yo estudiara taqui-mecanografía, contabilidad, ¿entiendes?…”.
 
De este modo, Rosa Mª se convirtió en un agente de cambio en su familia, provocando algunas transformaciones en las tradicionales y patriarcales pautas familiares que posibilitaron que su padre permitiera a su hermana, cuatro años menor que ella, salir de Mérida, dejar la casa paterna, para ir a estudiar Magisterio en Cáceres. Una de las carreras más asequibles para las mujeres por aquel entonces (Capel, R.: 1982).  La misma Rosa Mª lo describe:
“…Ahí hubo un cambio, quizás porque yo ya trabajaba mi padre tuvo que dejarla ir (…) y además, porque teníamos unas primas, por parte de padre, que también habían dejado el pueblo para ir a estudiar magisterio a Cáceres…”. 
 
En aquella época, en los años sesenta, hubo, en efecto, en España un cambio en la realidad de las mujeres quizás fuera consecuencia de la nueva política económica del capitalismo español que necesitaba la incorporación de la mano de obra femenina para lograr la expansión industrial prevista en los planes de desarrollo y fruto de la movilización de las mujeres en la lucha por su liberación y sus derechos, pero lo cierto es que la nueva situación permitió a las mujeres acceder a trabajos y espacios que hasta entonces eran de dominio masculino, ayudar a incrementar los ingresos de la familia y aumentar su capacidad adquisitiva. Una muestra fue la presencia de numerosas mujeres en la Central Contable de Banesto de Mérida, en Telefónica y en las administraciones de algunas de las industrias y empresas de la ciudad como el Matadero Regional para el cual Rosa Mª Ávila se preparó, aunque nunca llegó a trabajar allí, pues circunstancias ocasionales le llevaron a entrar en la sección de contabilidad de la empresa de Francisco Martín Delgado donde sólo había hombres trabajando cuando ella se incorporó.
En efecto, nos cuenta Rosa Mª que había “…un jefe de contabilidad, los oficiales administrativos y los auxiliares administrativos que eran un montón y yo era la única niña que entró a trabajar allí, en contabilidad…”.

Ciertamente, corrían los años sesenta cuando Rosa Mª empezó a trabajar en la empresa de Francisco Martín Delgado, en 1966, por mediación de un vecino y con la autorización paterna. Era aún una tierna jovencita de diecisiete años, llena de sueños e ilusiones cuando tuvo que enfrentarse a su primera responsabilidad profesional como auxiliar administrativa. Nos explica Rosa Mª que “…tenía que aprender el manejo de una máquina de contabilidad avanzada (…) pues el chico que la llevaba se fue a la mili y mira por donde un vecino mío, que era botones de la sección de contabilidad, sabía que yo me estaba preparando para esas cosas y me dijo: -Rosa, ¿quieres entrar en la empresa de Martín Delgado?. Entonces, yo de momento me quedé como asustada y me dijo: -Díselo a tú padre. Y como mi padre pasaba todos los días por allí para ir a la estación y conocía al jefe de contabilidad, al dueño, y a otros de la empresa, pues como que le pareció que era una cosa un poco más seria y me dejó. Y allí encajé bien, estuve el tiempo que ese chico se fue a la mili, pero luego cuando el volvió me quedé y seguí con la máquina, a él lo ascendieron a oficial administrativo…”.

img-20150302-wa0002
Fig. 4. Anuncio de la empresa Francisco Martín Delgado publicado en la Revista de Feria de Mérida, año 1959. (Foto realizada por Juan Antonio Ramos Blanco).
rosa-en-el-escritorio_0001
Fig. 5. Rosa Mª Ávila en su puesto de trabajo en la empresa de Francisco Martín Delgado, en el año 1967. (Foto cedida por Rosa Mª Ávila Merino).
rosa_m_vila__0001
Fig. 6. Rosa Mª Ávila en la oficina con el jefe de contabilidad, Alfonso Pinilla y su compañera Paquita Prieto, año 1967. (Foto cedida por Rosa Mª Ávila Merino).
rosa-ma-avila-y-companera-_0001
Fig. 7. Rosa Mª Ávila y Paquita Prieto, en la oficina. (Foto cedida por Rosa Mª Ávila Merino).

Trabajar fuera de casa en aquella sociedad fue, sin duda, un paso importante para la liberación de la mujer, pues le permitió salir del ámbito privado (doméstico) al público, “entrar” al mundo y empezar a tener una conciencia más amplia y diferente de su condición como mujer. A pesar de que a principio de los años setenta se había aprobado una ley que permitía a las mujeres mantener su puesto de trabajo al casarse, muchas de ellas lo abandonaban para contraer matrimonio. No cabe duda de que la sociedad seguía siendo patriarcal y por ello, el modelo de familia, de “esposa y madre” y las creencias y valores que implicaban aún estaban en-raizados en la sociedad y seguían siendo una barrera para la plena incorporación de la mujer al mercado laboral, pese a la legislación. Una muestra clara de ello fue la decisión que Rosa Mª Ávila tomó cuando decidió dejar su trabajo para casarse, porque “…entonces nos educaban para ser ama de casa, madre y esposa, porque la verdad, la ilusión que teníamos era esa. Una vez que llegaba la cosa de que ya te casabas, pues ya dejabas de trabajar. Así se hizo liquidación para poder irme a mi casa, No quise seguir, además es que estábamos locas con la ilusión de casarnos y tener en seguida niños que es para lo que estábamos preparadas: Esposa y madre…”. 

Rosa Mª también nos contó que cuando empezó a trabajar su padre le abrió una cartilla de ahorros donde ingresaba una parte del sueldo todos los meses. La otra parte la empleaba, por un lado, en vestirse y calzarse ayudando así en la economía doméstica y, por otro lado, en hacer su ajuar. Así, señala Rosa Mª que cuando se casó «…tenía una cartilla con mi dinerito y aparte me fui pagando el ajuar de los electrodomésticos, porque cuando yo me casé fui también más avanzada, porque llevaba frigorífico, televisor, cafetera, etc. Entonces, yo lo iba comprando y pagando…”. Y es que la empresa de Francisco Martín Delgado, donde Rosa Mª trabajaba, también vendía y reparaba electrodomésticos de las primeras marcas como Balay, Fagor. Aparatos eléctricos que representaron una ayuda para el ama de casa.

 

No obstante, la empresa de Martín Delgado pertenecía al ramo del automóvil. Nos cuenta Rosa Mª que «...era concesionario de la marca Seat, en Extremadura, y también tenía DKV, Mercedes, Peugeot y  otras marcas que si tú le encargabas él te las traía. Además, tenía todo lo que conllevan los vehículos: los accesorios, recambios y hasta talleres, que estaban en la calle Marquesa de Pinares, donde iban todos los Seat para arreglarlos si se estropeaban…».

rosa-y-companera-02_0001
Fig. 8. Rosa Mª Ávila y Paquita Prieto, encargada de la sección de ventas de automóviles, en el «Seat Coupe 850» de la exposición que Francisco Martín Delgado tenía en la actual calle Cervantes, donde hoy esta la «Perfumería Marionnaud». (Foto cedida por Rosa Mª Ávila Merino).
rosa_m_vila_coche_0001
Fig. 9. Rosa Mª Ávila y Paquita Prieto probando el Seat Coupe 850. (Foto cedida por Rosa Mª Ávila Merino).

Junto  a los coches y electrodoméstico Martín Delgado también vendía motos y maquinaria agrícola: molinos para pienso, motores y grupos para riegos, desgranadoras, remolques, arados, sembradoras, tractores, abonadoras, así como gasolina y camping gas, tanto en Mérida como en Almendralejo.

La empresa de Francisco Martín Delgado abrió sus puertas en la década de los años cincuenta del siglo XX, aunque Rosa Mª Ávila no recuerda cuando aperturó el negocio sí se acuerda que cuando ella entró a trabajar ya llevaba años funcionando. Fue una empresa local que centró su actividad terciaria en Mérida y algunas localidades cercanas y por el número de trabajadores que tenía, «…más de cien empleados repartidos entre la exposición, tienda, administración, talleres y gasolineras», podemos decir que era de tamaño medio y que, probablemente, surgió al amparo del impulso generado por las industrias que se instalaron en la ciudad: Matadero, Cepansa, Hilaturas,Corchera, etc.

Bibliografía

Domínguez, P., García-Nieto, Mª. C. (2007) «Franquismo : represión y letargo de la conciencia feminista 1939-1977», en Anderson, B., Zinsser, J. (2007) Historia de las Mujeres. Una historia propia. Barcelona: Ed. Crítica.

Moncó, B. (2000) «Antropología e Historia: un dialogo interdisciplinar», en Revista de Antropología Social, nº 9: 159-176.

 

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *