Activando Redes: Ana Valero, ¡Nosotros hemos tenido una vida muy dura!

3/04/ 2016
Antonia Castro Mateos
 

SEGUNDA PARTE

A pesar de que con el desarrollismo económico la legislación deroga la norma que, como hemos visto, obligaba a la mujer casada a dejar su puesto de trabajo, muchas de ellas lo abandonan para contraer matrimonio. Y es que la condición femenina aún estaba cautiva de los arquetipos «femenino doméstico» y «masculino productor» (Nash, 2014: 193) que la relegaba al hogar, ocupando una posición social subsidiaria como complemento del marido y madre de sus hijos, evocando el estereotipo de la «perfecta casada» y «ángel del hogar» y al hombre lo presentaba como «cabeza» y proveedor de la familia.

Este modelo de familia patriarcal estaba muy arraigado en la sociedad y representaba un obstáculo para la plena incorporación de la mujer al trabajo asalariado, pese a la legislación. Así lo refleja la vida de Ana Valero quien personaliza la experiencia de tantas jóvenes obreras de la década de los años 60 que practicaban y sufrían el ideario domestico femenino y la jerarquía laboral de género que justificaba prácticas discriminatorias respecto al empleo femenino (Op. cit., 209).

Nos cuenta Ana que ella trabajó en el Matadero mientras fue soltera, pero extinguió su relación laboral con la fábrica al casarse: “…ya, después de casada como las mujeres no podíamos trabajar, porque los hombres no querían que trabajásemos…”. Ana deja la frase sin terminar y un breve silencio nos envuelve, parece que no encuentra las palabras adecuadas para expresar los sentimientos que le provocan esos recuerdos. En realidad, no hacen falta más palabras, con las siete últimas basta, sus sonidos hablan de los valores y las ideologías políticas teñidas de clericalismo que colocaron a las mujeres por debajo de los hombres, controladas, subordinadas a sus voluntades y a las de las Leyes que los amparaban, pues, como hemos visto, todavía en la década de los sesenta las mujeres casadas necesitaban la autorización del marido para trabajar fuera de casa y para casi todo lo demás.

Mientras comparto su sentir atropello su silencio con mis palabras; palabras que la interrogan, demandándole más explicaciones acerca de esa práctica sociocultural que apartaba a las mujeres casadas del mundo laboral a pesar que llevaban dinero a casa “…y bastante, dice Ana, porque allí se ganaba un sueldo muy bueno, muy bueno por aquellos entonces. Porque hacíamos muchísimas horas, (…) pero es que mi marido no quería, porque en aquellos entonces los hombres…”. Ana vuelve a dejar inacabada la frase, hace una pausa, parece que toma fuerzas y dice con énfasis: “…¡¡no, había!!…”. Deja la exclamación en el aire, suspendida, probablemente evocando algún recuerdo que le hace removerse en el asiento.

El caso de Ana no era una excepción pues al parecer, señala Ángel, otro trabajador del Matadero,“… allí dejaban todas…” de trabajar para casarse. “…Allí como eran muy machistas no querían tener a la mujer trabajando, y si se echaban novia allí en el Matadero trabajaban, pero al poco tiempo la sacaba. Bueno yo me acuerdo que un vecino mío tenía una novia allí y le exigía ir con pantalones y todo, para que no se le vieran las piernas…”. En la fábrica, Ángel Balsera no recuerda haber conocido a ninguna mujer casada, todas eran solteras, salvo en la oficina donde había varias mujeres casadas.

Los hombres tenían asumido su papel protagonistas como productores, mientras que las mujeres ocuparon una posición social y laboral subsidiaria, complementaria, a pesar de que, como hemos podido comprobar, trabajaron compartiendo espacios y algunas tareas muy duras con los hombres en “El Matadero”.

“…El hombre trabajaba porque tenía que trabajar, porque en la mentalidad del hombre de cualquier época estaba que tenía que trabajar. Sin embargo, las mujeres esa mentalidad no la tenían. Las mujeres yo creo que algunas iban a trabajar para hacer sus ahorritos, su dote como decían y cuando llegara la hora de casarse, pues ellas tenían a lo mejor la independencia suficiente para tener lo que sea para casarse. No consideraban que tenían que seguir trabajado. De hecho, ellas ni lo dudaban siquiera…” (Ángel Balsera).

“…Tanto en el Matadero como en la Corchera, en la Hilatura, como en todas las empresas fuertes se hacían horas que se llamaban a destajo. Y era cuando funcionaba lo que decíamos los ajuares de las mujeres…” (Rosa Mª Ávila).

Ana Valero no se acuerda del dinero que ganaba, pero sí de las horas extras que trabajaba en el”mate”, “…cuando había mucha carne o cosas para salir…”, en los “botes” y en descarne, pues “…contri mas kilos de carne te hacías más ganabas. Y nos interesaba claro, había quien se hacía 20 kilos de carne y ya sabía que tenía más “prima”, eso se reflejaba en el “sobre”. Aunque, luego pusieron un tope. Y eso eran las “perras” que ganábamos más en el jornal. Y es lo que te sacaba para adelante…”.

En aquellos tiempos, la condición femenina estaba definida además de la por la desposesión social, cultural y económica, por la legal (Nash, 2014: 192). El artículo 57 del Código Civil lo establecía: «el marido debe proteger a la mujer y ésta debe obedecer al marido». Hasta 1975, con la reforma de los Códigos Civil y de Comercio, no fue abolida la autorización marital para firmar un contrato de trabajo y ejercer una actividad comercial (Moraga, 2008: 249).

Seguidamente, Ana nos explica, entre risas, que dejo su trabajo cuando se caso, pero “ …luego me tuve que ir a trabajar otra vez, ¡vamos¡ no ahí – se refiere al Matadero- , pero ya tuve que entrar luego en otro lado. Porque claro, luego, hacía falta, porque tenía hijos y con el jornal de mi marido no teníamos bastante y entonces ya te tuviste que poner “a servir”. Había que buscarse la vida como se podía… En fin, en muchos sitios y hacer otras cosas como trabajar en el campo. Y al campo te tenías que ir andando. Ibas andando al campo a coger algodón… Yo he cogido algodón, tenías que estar encogida, todo el día agachada con esas mochilas colgadas en la espalda… Y así estoy que estoy baldá.

 Pero, ¡vamos! ahí (se refiere otra vez al Matadero) yo estuve muchos años, pero muy bien, muy bien con mi trabajo, a pesar de que teníamos que ir andando desde aquí [Calamonte] al Matadero. Eso era… ¡Una vida muy dura!, ¡muy dura!, ¡muy dura!, ¡MUY DURA!…”. Calamonte está situado a ocho kilómetros de Mérida y Ana tenía que recorrerlos todos los días para ir a su trabajo. Una distancia que al final de su jornada se duplicaba, pues tenía que volverla a recorrer para llegar a casa. 

Así, en un continuo caminar y trabajar se recuerda Ana. En su retina está grabado el camino y el trabajo, pues éstos forman parte de los recuerdos de su vida. Sus paisajes, olores, sonidos y colores los asocia al continuo caminar entre las vías del tren, al trabajo entre los matarifes, al trajín de los “botes”, al cansancio de las horas pasadas con sus compañeras y amigas, a la lluvia, al frío, al calor, al sol, al día, a la noche, pero también a las risas, los cantos, las charlas y los chascarrillos con las que amenizaban el camino y los descansos del trabajo. Es la  fatiga del camino y memoria del trabajo grabada en el propio cuerpo.  

Sin duda la “historia” de Ana forma parte de otras historias, la de las mujeres trabajadoras, decididas y versátiles, capaces de adaptarse con rapidez a diferentes entornos, situaciones y funciones; mujeres fuertes que sin dejar de ser madres y esposas e hijas fueron capaces de realizar largas y duras jornadas de trabajo laboral como los hombres y a pesar de eso fueron relegadas a un plano secundario, cuando no invisibilizadas; mujeres generosas, ejemplo de valentía, esfuerzo y resistencia en contra de innumerables adversidades.

 

 

Bibliografía

Aguado, A. (2011) “Familia e identidad de género. Representaciones y prácticas (1889-1970), en Familias. Historia de la sociedad española. Madrid: Cátedra.

Amichi Elís, C. (2008) “El trabajo de los menores de edad en la dictadura franquista”, en Historia contemporánea, 36: 163-192. Universidad del País Vasco. Vide: http://www.ehu.eus/ojs/index.php/HC/article/view/3056. Accedió en febrero del 2016.

Borderías Mondéjar, C. (coord.) (2008) La historia de las mujeres: Perspectivas actuales. Icaria Editorial. 

Caballé, A. (2013) El feminismo en España. La lenta conquista de un derecho. Madrid: Editorial Cátedra.

Domínguez Martín, R., Sánchez-Sánchez, N.(2007), “Las diferencias salariales por género en España durante el desarrollismo franquista”, en Reis Revista Española de Investigaciones Sociológicas, núm. 117: 143-160. En http://www.rei.csis.es/REIS/PDF/REIS_117081175256701103.pdf. Accedió en enero de 2016.

Domínguez Prats, P. y García Nieto, Mª C. (1988), “Franquismo: represión y letargo de la conciencia femenina 1939-1977”, en Andernson, B. S., Zinsser, J. P. (1988) Historia de las mujeres. Una historia propia: 1184-1191. Barcelona: Ed. Crítica.

Duran, M. A. (1972) El trabajo de la mujer en España. Un estudio sociológico. Madrid, Tecnos.

Nash, Mary (2014) “Nuevas mujeres de la transición. Arquetipos y feminismos”, en Nash, M. (ed.) Feminidades y Masculinidades: 189-216. Madrid: Alianza Editorial.

Nielfa Cristóbal, G.(1994) Mujeres y trabajo. Cuadernos del Mundo Actual, Nº 35. Madrid: Historia 16.

Moraga García, Mª A. (2008) “Notas sobre la situación jurídica de la mujer en el franquismo”, en Feminismos, nº 12: 229-252. En http://rua.ua.es/dspace/bitstream/10045/11657/1/Feminismos_12_09.pdf. Accedió el 26 de noviembre de 2015.

Roca i Girona, J. (2005) “Los (no) lugares de las mujeres durante el franquismo: el trabajo femenino en el ámbito público y privado”, en Revista Gerónimo de Uztariz, nº 21: 81-99.  Editores Instituto Gerónimo de Uztariz. En https://dialnet.unirioja.es/servlet/articulo?codigo=2173584. Accedió en noviembre del 2016.

Ruíz Franco, R. (2006) “Las mujeres juristas y las últimas reformas legales del Franquismo (1966-1975),comunicación presentada al XIII Coloquio Internacional de la AEIHM: La historia de las mujeres: Perspectivas actuales:19-21.Barcelona: Octubre Edición CD-Rom.

 

Un pensamiento en “Activando Redes: Ana Valero, ¡Nosotros hemos tenido una vida muy dura!

  1. Hola Constanza, buenos días:

    Soy Antonia Castro Mateos acabo de ver tu mensaje en el blog y como he visto que quería contactar con nosotros/nosotras, aquí estoy.

    Felicidades por ese libro que estás a punto de publicar y que, por lo que veo, esta contextualizado en el periodo histórico en el que nosotros estamos trabajando y en el que le tocó vivir a Ana Valero y Josefa Acosta Caballero, entre otras mujeres.

    Le cuento un poco de qué va nuestro trabajo: El blog de “La Historia Oral y la Memoria colectiva de la Mérida industrial” es la vía de expresión a través del cual compartimos los resultados de un proyecto de investigación que estamos desarrollando desde la Universidad Nacional a Distancia, en nuestro Centro Asociado de UNED Mérida.

    Estamos recuperando y re-construyendo, a través de la historia oral y la memoria colectiva el pasado industrial de la ciudad de Mérida, pues apenas quedan algunos vestigios materiales y unos pocos recuerdos arrinconados en las memorias de algunas personas. Lo que ha provocado la pérdida de la identidad y de la memoria fabril que existía en la ciudad.

    Gracias al proyecto hemos descubierto rastros de una cultura histórica aún parcialmente viva a través de algunos de sus protagonistas, Ana Valero Josefa Acosta Caballero, Rosa Mª Ávila, Juan Antonio Ramos, etc.. Protagonistas que algunas/os forman parte del equipo de investigación (son sujetos y objeto de la investigación) y en otros casos han participado contándonos su “historia de vida”.

    Respecto al trabajo de la mujer, hemos descubierto a través de las historias de vida de Ana Valero, Josefa Acosta y otras, que las mujeres desempeñaron un papel fundamental en algunas de las industrias de la ciudad, como por ejemplo, en el Matadero, ellas fueron su “alma mater”. Y esto no está recogido en ningún libro de la localidad, sólo la historia de sus edificios y de quienes los construyeron, la historia de quienes con su hacer les dieron “vida” no está en ningún lado. Bueno, sólo en la memoria de algunas personas.

    De ahí este proyecto y su BLOG, que es su altavoz: entrevistas, fotos, archivos locales y prensa relatos de aquéllos años son el resultado de esta investigación que busca, además de preservar las fuentes, recuperarlas y organizarlas, rescatar la “historia de los márgenes” o la “historia desde abajo” en términos históricos, la de los grupos sociales, entre ellos las mujeres, alejados de las esferas de poder y que por ello no han dejado testimonio escrito de su experiencia o participación en la Historia.

    Un cordial saludo Constanza
    Antonia Castro

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *