Activando Redes: Ana Valero, ¡Nosotros hemos tenido una vida muy dura¡

30/03/2016 
Antonia Castro Mateos

PRIMERA PARTE

No recuerdo el día exacto, pero sí que estábamos en Marzo, en las ramas del arbolado urbano las yemas de las hojas empezaban a colorear de verde el gris urbano, cuando me encontré por casualidad, en Mérida, con Ángel, amigo de la familia y vecino de Calamonte. Por entonces, en el proyecto de investigación estábamos interesados en entrevistar a personas de pueblos cercanos a Mérida que hubieran trabajado de forma temporal, en el Matadero. Le pregunté si conocía a alguien de Calamonte que reuniera esas condiciones y me dijo que su suegra, Ana Valero, había trabajado durante algunos años como “temporera” del Matadero. Sin dudarlo, le pedí que por favor hablara con ella y le contara nuestro proyecto para ver si quería colaborar con nosotros y contarnos su experiencia.

No tuvimos que esperar mucho, pues al poco tiempo Ángel me llamó para decirme que Ana nos recibiría en su casa, en Calamonte. Quedamos en vernos unos días más tarde, quería que Ángel me explicara cómo llegar a casa de su suegra. Para sorpresa mía, cuando llegué me estaba esperando montando en su coche para llevarme, protesté, le dije que no tenía que molestarse, que podía ir sola, pero mis explicaciones no sirvieron para nada, estaba decidido a llevarme y a traerme. Así que, tras algunas protestas más subí al coche y nos pusimos en marcha, no sin antes coger mis herramientas de trabajo: bolígrafo, libreta, grabadora y cámara de fotos.

Recuerdo que era una soleada tarde de finales de invierno, pues el sol ya calentaba y el campo apuntaba maneras, y que el trayecto transcurrió rápido hablando sobre la Semana Santa calamonteña y la “logística” cofrade de “los pasos”, pues Ángel es cofrade y costalero. Así, en pocos minutos salimos de la autovía, entramos en el pueblo por el sur, pasamos la vía del tren, callejeamos un poco y llegamos a nuestro destino: una anchurosa y despejada calle de trazado recto, flanqueada de casas de una o dos alturas con pequeños “doblaos”, -espacios que sirven de granero, secadero, despensa, piconera y trastero-. La puerta estaba entreabierta, Ángel entró dando las buenas tardes y reclamando la presencia de Ana, quien nos estaba esperando al fondo del pasillo, en la “sala de estar” con alguno de sus nietos. Ángel hizo las presentaciones, bromeó con su suegra acerca de la entrevista y nos dejó solas «para que pudiéramos hablar». Pero antes que el ruido de sus pisadas se perdieran por el pasillo Ana me hizo pasar a la sala y, al mismo tiempo que me indicó que me sentase en la “camilla”, apagó la tele y mandó a sus nietos a jugar a la calle, así estaremos más tranquilas señaló. De este modo, comenzamos a  hablar y casi sin darnos cuenta nos metimos en faena a desempolvar recuerdos, a despertar la memoria semidormida de otros tiempos.

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Fig. 1. Ana Valero. (Foto Antonia Castro Mateos).
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Fig. 2. Ana Valero y su yerno Ángel. (Foto Antonia Castro Mateos).
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Fig. 3. Ana Valero y Antonia Castro,  “antropóloga e informante”. (Foto Ángel).

Para muchas mujeres, como Ana, son tiempos de trabajo, de dura faena agrícola e industrial, asociada al ámbito público, al campo, a la fábrica, al trabajo remunerado, pero también al ámbito privado, al doméstico, a la casa, al hogar y al “no trabajo”, al no ser éste remunerado (Roca i Girona, 2005: 83). Son tiempos de transformación, de ir y venir entre el cambio y la “tradición”, pues en aquellos tiempos, los años 60 del siglo XX, empieza a vislumbrarse en España algunos cambios en la realidad laboral de las mujeres, propiciado, probablemente, por el cambio de orientación en la política económica del gobierno que necesita mano de obra femenina para lograr la expansión industrial previstas en sus planes de desarrollo (Aguado, 2011: 806). Una mano de obra que es, por lo general, temporal, poco cualificada e insuficientemente remunerada cuya principal ocupación es la industria y los servicios. El perfil de la mujer que trabajaba, por entonces, en el mercado laboral regulado, era joven, por lo general soltera y perteneciente a familias modestas que necesitaban ingresos (Nielfa, 1988: 1191).

Aquélla necesidad obliga a cambiar la legislación en lo referido a la situación laboral de la mujer, pues hasta 1961 la mayoría de las leyes y reglamentos laborales trataban por todos los medios de alejar a la mujer del mercado de trabajo, especialmente a las casadas con la retirada del plus familiar a los maridos cuyas mujeres trabajasen, de la concesión de la “dote” por matrimonio si al casarse las mujeres dejaban su empleo, o con la aplicación de la Ley de Contrato de Trabajo (copia de la del 21 de noviembre de 1931) por la que, además de tener que contar con la autorización marital para desempeñar un trabajo cabía la posibilidad de que el esposo cobrase para sí el sueldo de la mujer (Ruiz, 1995, cit. por Borderías, 2008: 15). Pero cuando a pesar de todo la mujer casada quería seguir trabajando debía de soportar una serie de medidas discriminatorias tanto legales como salariales, como la prohibición del trabajo nocturno y del acceso a determinados puestos relacionados con la administración de justicia, la carrera diplomática, el cuerpo de registradores de la propiedad, los cuerpos de seguridades del Estado, etc. (Roca i Girona, 2005: 91).

En efecto, la salida de la autarquía y el deseo de integrar la economía española en el marco de las economías capitalistas de Occidente obliga a un cambio en la legislación a través de la Ley 56/1961 de 22 de julio sobre derechos profesionales y de trabajo de la mujer, promovida por la Sección Femenina y conocida como la “Ley de los Derechos de la Mujer” (Domínguez y Sánchez,  2007: 148). Pues deroga la retirada obligatoria de la mujer de sus puestos de trabajo al casarse, declara ilegal la discriminación salarial por razón de sexo y abre nuevas posibilidades profesionales a las mujeres. No obstante, este marco legal no alcanza a transformar la realidad laboral ni social de las mujeres, pues el objetivo fundamental de esta nueva regulación es armonizar el trabajo por cuenta ajena de la mujer con el cumplimiento de sus deberes familiares, especialmente como esposa y madre (ibíd., 149). Probablemente, por ello, la ley mantiene el concepto patriarcal de familia y los límites a la libertad legal de contratación de las mujeres. Lo explica Pilar Primo de Rivera en el proemio de la Ley:

“…No es ni por asomo una ley feminista, es solo una ley de justicia para las mujeres que trabajan (…) En modo alguno queremos hacer del hombre y de la mujer dos seres iguales; ni por naturaleza ni por fines a cumplir en la vida podrán nunca igualarse; pero sí pedimos que, en igualdad de funciones, tengan igualdad de derechos…” (Caballé, 2013: 252).

De esta forma, las mujeres siguen “atadas” al hogar, a los mecanismos de reproducción y a los efectos de la limitación y discriminación normativa. Los arquetipos de género no cambian, estaban muy arraigados en el imaginario colectivo y en las prácticas socioculturales. Para deshacerlos fue necesario, además de modificar leyes y prácticas discriminatorias, transformar también la mentalidad tradicional con respecto a las mujeres, las creencias, los valores y representaciones culturales de género (Nash, 2014: 189) construidas jurídica e ideológicamente por el régimen franquista, naturalizadas y trasmitidas a través de la política educativa de género, el apoyo ideológico y práctico de la iglesia católica que negaba a las mujeres cualquier tipo de autonomía individual, de derechos y las relegaba a la domesticidad forzada del hogar bajo la permanente tutela masculina.

La vida de Ana Valero es una muestra de ese ir y venir entre la “tradición” y los principios de cambio, entre los status “atribuidos” de “mujer-esposa-madre” y el de “mujer-trabajadora” subordinada y diferenciada respecto el varón. Su voz es el mejor testimonio:

“...Yo tenía 16 ó 17 años cuando entré a trabajar en el Matadero con algunas de mis amigas de temporera (…) Estábamos en 1963 ó 1964 (…) Éramos unas crías, (…) pero había que echar una mano. Nosotros éramos siete hermanos y estaba mi padre solo trabajando y había que ayudar a mi madre como pudiéramos. Entonces, sacar siete hijos adelante y sólo “un brazo en casa”, pues no se podía, ni nosotros ni nadie…”.

1.- ¿Qué decía su padre acerca de que trabajase fuera de casa?:

“…Mi padre no decía nada, porque sabía que estaba trabajando desde chiquinina…”.

2.- Pero en aquella época se pensaba que las mujeres no debían de trabajar fuera de casa ¿no?:

“…Mi padre se acostumbró, ¡pobre mío! Porque, claro no nos quedaba más remedio que trabajar, porque no había para comer. Entonces como eran mujeres las que entraban en el Matadero cuando estaban solteras, pues me presenté en el Matadero con mi hermana y algunas amigas…”.

 

3.- ¿Le pidieron el permiso paterno en “El Matadero”?:

“…No, ahí no me pidieron nada…”, dice Ana haciendo un chasquido con la lengua que ratificaba la negación. “…Por lo general, pedían que tuvieses de 18 años para arriba…”.

4.- Pero Ana usted nos ha dicho que no tenía 18 años cuando entró:
 

“…Sí tenía 16 ó 17, pero representaba más edad. Tú ibas, le decías que tenias 18 años y si los representabas entrabas. Mi hermana mayor no pudo entrar, porque ella representaba menos edad, era muy bajetina. Y me acuerdo que fuimos las dos a apuntarnos, yo entré y ella se quedó en la calle. Allí, se (refiere al Matadero), no nos pidieron nada. No te digo que íbamos y no llevábamos ni carnet, le decíamos la edad que teníamos y ya está. No había que llevar ni carnet de identidad ni nada. Ellos lo que querían era que trabajásemos y sacáramos el trabajo o el turno nuestro adelante y ahí no les importaba a ellos nada más…”.

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Fig. 4. Ana Valero y algunas compañeras del “Matadero”. (Fotografía cedida por Ana Valero).
Aunque la Ley de Contrato de Trabajo (L.C.T) aprobada en 1944 establece la mayoría de edad laboral a los 18 años la aplicación de determinados supuestos permite que la edad mínima para trabajar sea a los 14 años. No obstante, esta disposición también contiene excepciones, pues según artículo 171 de L.C.T. los menores de 14 años podían trabajar en el campo y en los talleres familiares; y, según el artículo 176.2 de la misma ley, también podían trabajar en espectáculos públicos. Asimismo, la existencia de lagunas en la regulación del trabajo doméstico propicia en este sector el trabajo infantil, sobre todo de niñas. Éstas, a partir de los 10 años, eran enviadas del campo a la ciudad para que trabajasen como criadas o sirvientas, durante la década de los 50 y 60 (Amichi, 2008: 171, 176).
 
Ciertamente, la situación real distaba mucho de ajustarse a las exigencias legislativas debido, sobre todo, a las malas condiciones de vida y de subsistencia de muchas familias donde el jornal del padre era insuficiente para mantener al grupo doméstico por lo que los niños y adolescentes debían ayudar en seguida al sustento, dejando así de ser una carga para convertirse en un apoyo.

5.- Tenían que tener alguna cualificación profesional?:

“…No, no, no ahí entrabamos… A trabajar, porque ahí se trabajaba a lo bestia, ahí se trabajaba a lo bestia. Ahí, lo mismo te daba, porque yo entré en el “mate”, pero lo mismo estaba en el “mate” que ayudando a limpiar las carnes, que embuchando, que en los “botes”…”.

6.- ¿Cómo iba a trabajar al “Matadero”?:

“…Andando (…) el camino lo hacíamos en media hora o tres cuartos de hora…”.

7.- ¿A qué hora entraban?:

“…A las siete de la mañana, así que salíamos muy temprano. Nos íbamos por la vía (del tren) adelante, porque era por donde más se atrochaba, ya que la vía iba directita al Matadero, pasaba por delante suya. Y días de frío, días de llover, que llegábamos allí pingándito…. El día que llovía había veces que no podíamos atravesar la vía, nos teníamos que ir hasta donde está el cementerio del pueblo y coger la carretera (…) porque por el otro lado no había quien llegara. Por las mangas tampoco podíamos pasar porque estaban embarradas y por allí no se podían andar. Por donde más andábamos era por la vía…. Y días de hacer muchas horas en el Matadero y venirte, a lo mejor, a los ocho y media, las nueve de la noche, en invierno, que no se venía un alma… Gracias a las linternas que llevábamos que sino… Muy duro, muchísimo, porque muchas veces andando nos pasaba de todo, de todo, de todo. ¡De todo, hemos pasado en esas vías! (…) Nosotros hemos pasado ¡mucho!, ¡mucho!, ¡mucho!… Y, por la mañana vuelta al trabajo…”.

8.- ¿Cuántas personas iban andando?:

“…Íbamos muchas del pueblo en grupos, como en cuadrillas de 7 ó 8 personas, unas delante, otras detrás, más allá veías a otras cinco o seis. Vamos, que íbamos mucha gente, la vía se llenaba desde luego de mujeres de aquí del pueblo. Pero además, también las había que iban en bici. Yo, a última hora también fui en bici (…) me compré una de segunda mano, pero fui más andando que en bicicleta…”.

9.- Ana, ¿recuerda si iban personas de otros pueblos a trabajar al “Matadero”?:

“…No, cuando yo estaba la gente que trabajaba en el Matadero era casi toda de Mérida y de Calamonte (…) Los matarifes eran mayormente de Mérida, aunque también los había de aquí del pueblo, que la mitad ya han muerto, mi suegro estuvo allí muchísimos años. Pero mi suegro fue barrendero. Mi suegro barría todas las calles del Matadero (…) Cuando terminaba de barrer vendía vino a los trabajadores en la puerta del Matadero, a la hora de la comida. El vino se lo traía mi marido, que era muy chiquitillo, en un burrino negro que tenía. Eso hacía mi suegro. Y así, se sacaba otras “perras” (risas), a ver, había que trabajar…”.

10.- ¿También tenía barrendero “El Matadero”? : 

“…Sí, si allí tenían de todo, hasta médico. Su consulta estaba entrando por la puerta grande a mano derecha…”.

Efectivamente, según la Hoja de Vida del Matadero de fecha 1962, “El Matadero” fue un complejo industrial de grandes dimensiones, ocupó una superficie total de 299.042 m2, siendo la superficie total edificada de 64.850 m2. La factoría de productos cárnicos emeritense disponía de instalaciones frigoríficas, corrales, nave de sacrificio para el ganado vacuno, para el de cerda y el lanar, sala de tripería, nave de limpieza y salado de cueros, sala de deshuese, saladero de pieles, chacinería, sala de despiece, instalaciones de aprovechamiento de grasas, mantequerías, fábrica de conservas cárnicas y fábrica de envases metálicos. Además de un dispensario médico, botiquín, laboratorio, comedores, vestuarios, servicios, hostería, economato y pistas de tenis.

El personal de la factoría era muy numeroso, más de un millar entre fijos y eventuales. “…Éramos un mogollón de gente…” -dice Ana Valero- y cuando llegábamos a Mérida lo primero que veíamos era el puente de hierro por donde iba muchísima gente al Matadero (…) Muchas (mujeres) venían por el puente, porque por ahí adelantaban más las que vivían por ese lado y las que vivían por el otro, venían por el puente romano…”.

Como le sucedía a Ángel, otro trabajador del Matadero, quien nos contó en otra entrevista que vivía muy cerca del “Puente de Hierro”, y por ello lo cruzaba muchas veces, “…sobre todo, en invierno, cuando tenía que hacer horas extraordinarias y entraba en el Matadero a las seis de la mañana y a esas horas no había autobuses. Así que me iba andando por la noche, y ¡pum!, ¡pum!, ¡pum! y atravesaba el puente de hierro. Algunas veces lo he atravesado con el agua casi llegando arriba y saltando de tramo en tramo para llegar al otro lado, ¡bu, si se entera mi madre!. O cogerte el tren en medio del tramo y estar allí veinte minutos esperando, porque se había puesto el semáforo en rojo. Yo lo he pasado muchas veces y precisamente con uno que dicen que se cayó cuando pasó el tren, aunque otros dicen que se tiró, eso no se sabrá nunca …”.

En Mérida, como en Calamonte, también había trabajadores que iban a trabajar en bicicleta, como Manuel Conde Vázquez, y en motocicletas. No obstante, a partir de los años 70, la mayoría del personal empezó a ir en autobús, como Ángel quien nos dijo que cogía el autobús que paraba en la puerta de su casa “…porque donde yo vivía, vivía toda la gente que trabajaba en el Matadero, en la Avenida D. José Fernández López. De allí salía un autobús que te llevaba derecho hasta el Matadero, pasando por el puente romano. Pero por el puente de hierro…a mediodía podían pasar (…) unas 50, 60 ó 70 u 80 personas fácil…”.

11.- Ana ¿había gente que pasaba en barcas?:

“…Sí, cuando llovía mucho no había quien pasara (…) del puente nuevo para acá (…) Hasta donde está “Continente” todo eso se anegaba de agua del Guadiana …”.

12.- ¿Cuando llegaban fichaban?: 

“…Sí, sí, nos juntábamos todos en la entrada, porque entrabamos a la misma hora y por el mismo lugar, nosotras, las de Mérida, los hombres con las bicicletas… Entonces (…) tú entraba por la primera puerta que daba acceso a una especie de corralón grande donde estaba a un lado, el médico y al otro lado, estaba el botiquín donde estaban los “practicantes”, los que te pinchaban si te cortabas, porque claro allí había cortes todos los días. Yo tengo uno aquí, pues me caí y me corte con una lata y me dieron un montón de puntos, que todavía tengo la señal  (…) Allí teníamos que picar. Nos daban unos tickets (…) un papel largo y estrecho que entrabamos en una máquina. Así picabas a la hora de entrar y a la hora de salir, porque si tú no picabas no rezaba como si hubieses trabajado y luego no podías reclamar…”.

 

Efectivamente, consultando algunas Hojas de Vida de los trabajadores y trabajadoras del “Matadero”, en el Archivo Histórico Municipal de Mérida hemos podido comprobar que se producían bastantes bajas por accidentes: por cortes en las manos y antebrazos, por heridas infectadas, por quemaduras producidas por la cal o por sosa, por golpes en el rostro, en las manos, pies, por intoxicaciones producidas por suero, por el polvo de las cañas o por la irritación que producían las patas de corderos.

13.- Ana, ¿tenían que ponerse uniforme para el trabajo?:

“…Sí, teníamos uniformes blancos con mandiles de color. Allí, todos íbamos con uniformes. Lo que pasa es que nosotros los que estábamos en el “mate” lo llevábamos blanco y los que estaban en otro lado los llevaban azules y marrones. Porque cada sección tenía su “baby” de un color. El mío del “mate” era blanco y el de los “botes” me parece que eran azules. Cada uno teníamos nuestro color distintivo…”.

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Fig. 5. Amigas de Ana Valero con sus uniformes de trabajo. (Foto cedida por Ana Valero). 

14.- Ana, ¿nos puede explicar con más detalle en qué consistía su trabajo?:

“…Sí, en el “mate” iba recogiendo las patas de los animales que los matarifes tiraban al suelo. Las cogía y las metía en unas “tinas” grandes de agua caliente para pelarlas y así, aprovecharlas. Entonces ese oficio era el que yo tenía que hacer. Mientras que estaba el “mate” tenía que estar entre los matarifes (…) era una cadena de hombres, y había un montón de ellos, unos mataban, otros quitaban la piel, otros quitaban las patas, etc…”.

 

15.- Ana, me han contado que los matarifes eran muy rápidos haciendo su trabajo, incluso organizaban concursos de “mates”:

“…Sí y había días que decían a correr en el trabajo y nos fastidiaban a las demás. Nos tenían corriendo todo el día, todo el día, porque claro ellos eran todos hombres y yo estaba en medio de todos ellos y había veces que se picaban y al picarse hacían más rápido su trabajo. No te daba tiempo a coger una pata cuando ya tenías 20 en el suelo tiradas. Y todo el día agachar y subir, agachar y subir y coger patas y llevarlas… ¡Uff!, terminabas con la espalda… No, así la tengo que tengo dos hernias discales en este lado y dos en el otro. Que ahora me estoy dando masajes, porque no aguanto los dolores que tengo. Es que las edades que nosotros teníamos no eran edades para el trabajo que teníamos…”.

16.- El matarife que entrevistamos también estaba mal:

“…Hechos polvo los matarifes, pues ellos tenían que entrar en las cámaras sin ropa adecuada y tenían que salar los jamones dentro de las cámaras y el día que estaban allí, pues salían… Ese trabajo era muy sacrificado. A mí me toco el peor sitio…”.

Al respecto nos contó Ángel, trabajador del “Matadero”, que el trabajo de los matarifes era muy duro “…¡demencial!, ¡demencial! más en las condicionesY cómo trabajaban…”.

17.- ¿Con usted cuántas personas más trabajaban Ana?:

“…Personas recogiendo nada más que había una mujer o dos, luego matarifes había muchos, más de 20, podíamos estar en total unas 25 personas más o menos.

Luego, cuando acababan de matar, los matarifes se repartían por otras secciones, y yo lo mismo. Aunque el día que había mucho “mate” yo no podía salir de allí, me pasaba todo el día recogiendo las patas que tiraban de los guarros, de las ovejas, de las vacas, de lo que hubiera. Yo estaba todo el santo día allí metida, hasta que terminaba el “mate”. Cuando terminaba el “mate”  me iba a preparar las carnes.

Nos íbamos a otro sitio que había para quitarle la grasa a las carnes para poder hacer los embutidos. Allí, limpiábamos las carnes. Estábamos hombres y mujeres realizando esta actividad. Recuerdo que los hombres te descarnaban las piezas de carne más grandes. Por ejemplo, mataban un borrego, un chivo, el animal que fuese, entonces, ellos (los matarifes) te iban haciendo trozos la carne. Y entonces tú, a los trozos más pequeños tenías que quitarle toda la grasa para poder hacer los embutidos. Había trozos muy pequeños, eran tan pequeños como esto o más chico….”. Ana coge un objeto que tiene encima de la mesa, me lo muestra, no sé lo que es, pero sí que es minúsculo y dice con énfasis: “…-¡Y le tenias que quitar toda la grasa para poder hacer los embutidos!. 

Luego, si terminábamos temprano, pues te pasaban a otra sección a ayudar a las que estaban en los “botes”. Nos mandaban de apoyo. Teníamos que abrir las latas que se habían estropeado, porque si una máquina te estropeaba una lata, entonces esas latas había que echarlas para atrás, había que sacarlas rápido, porque aquello era una cadena de producción, todo iba corriendo: una echaba la carne, la otra la metía a calentar, otras las tapaban, otras quitábamos las estropeadas. En fin, allí había una cadena de muchas mujeres (…) unas para llenar los embutidos, otras para llenar las latas, otras para quitar las latas que salían estropeadas de las máquinas…”.

18.-¿Qué hacían con las latas que se estropeaban?: 

“…Se quitaban de la cadena, se abrían y el contenido se echaba en unos cubos que luego llevábamos a la sección de “Mantequeria” donde se hacían productos para animales, para piensos y todas esas cosas. Allí se aprovechaba todo, todo, no se tiraba nada, nada…”.

En efecto, CARCESA, resultado de la fusión de IFESA y FRIGSA contaba, entre otras instalaciones, con una fábrica de transformados y conservas cárnicas. El departamento de chacinería producía, según Hoja de vida de la empresa, fechada en 1962, 2000 kilogramos por día, las instalaciones de aprovechamiento de huesos y residuos generaban 50.000 kilogramos cada día y las de aprovechamiento de grasa 55.000 kilogramos. Residuos que eran empleados en la fabricación de subproductos como: grasas comestibles, grasas industriales, harinas de huesos, harinas de carnes, gelatinas alimentarias y fotográficas, aceite de pie de buey y ácido fosfórico o sales sódicas.

19.- ¿Había personas encargadas de controlar su trabajo?:

“…Sí, había encargados para todas las secciones, para controlar a los matarifes, para controlar las carnes que estuvieran bien escogidas y sin grasa. Allí cada sección tenía su encargado…”.

20.- ¿Qué relación había con los encargados?:

“…Los había muy buenos, gente que tenían autoridad y que incluso se hacían querer, otros no tanto…”. 

 21.- Ana,  ¿había división de trabajo sexo?:

 “…Sí, sí… no, es la fuerza, no era (cuestión) de división, pues el trabajo más duro era del hombre y el más flojo de la mujer…”
 

En efecto, en el “Matadero” había tareas y puestos de trabajo diferenciados, y como algunas actividades se consideraban socialmente femeninas en ellas había una gran concentración de mujeres. Éstas eran en su mayoría jóvenes solteras que se encargaban de realizar los trabajos menos cualificados de la cadena de producción, además de las tareas de limpieza, y algunas labores de secretariado, mientras que las plazas de encargados y técnicos estaban siempre ocupados por hombres. Así nos los lo han expresado otros informantes, trabajadores del “Matadero”:

“…Los trabajos que necesitaban más elaboración los hacían las mujeres, los más especializados los hacían las mujeres, los peores, los de limpieza y todo eso, también lo hacían las mujeres, si es que ahí era… La mujer era el alma mater de la fábrica y además, te voy a decir una cosa, en un mundo machista bestial. Yo cuando fui del Instituto y entré allí, yo me acuerdo que estuve dos o tres semanas… ¡Ufff! (…) yo tenía 17 años y estábamos en  1968. Aquello era tremendo, lo que se decía, lo que se hacía, las pobres tenían que aguantar y sobrellevarlo. Era una cosa….. Estaban acostumbradas, se habían tenido que adaptar, porque no había otra cosa (…) Trabajaban en fabricación y descarne, mientras que los hombres estaban en “sacrificio”, “en los jamones” y “expedición” (envases). Bueno, en  “expedición” había una mujer, Rubi y en la sección de jamones también trabajaba otra (…) Era la única y actuaba como de secretaria (…) porque aquello era un trabajo súper pesado. Ahora, lo hacen también las mujeres, pero entonces ese tipo de trabajo no se daba a las mujeres, pues era el trabajo más pesado del matadero… Allí, [los hombres] trabajaban como galeotes, pues trabajaban en unas cámaras frigoríficas a 2, 4 , 6 grados con sal, moviendo toneladas de sal y de jamones y sudando como demonios. De hecho, todos han padecido luego problemas pulmonares…”. (Ángel, trabajador del Matadero).

 

“…Cuando estábamos trabajando, despiezando al animal, que era tarea de hombres, todo el “mate” era tareas de hombres, las mujeres se dedicaban a ciertas tareas: coger la carne y quitarle la grasa, mientras que los hombres se dedicaban a descuartizar, deshuesar, descarnar las piezas, y luego le pasaban las piezas a ellas…” (Manuel Conde Vázquez, matarife).

“…Mujeres ha habido siempre en el matadero. En la oficina donde yo estaba había chicas de 20, 18 años (…) algunas mecanógrafas, secretarias (…) de los 60 trabajadores que había en la oficina, el 25% eran mujeres(..) Donde había muchas mujeres era en las fábrica de envases, embuchando, en despojos y en limpieza…” (Juan Antonio Ramos Blanco).

 

Sin embargo, en “El Matadero” las mujeres también realizaban trabajos muy pesados. Por ejemplo, en la sección de fabricación, nos contó Ángel, trabajador del Matadero, que las mujeres tenían que mover solas las «tinas» donde se hacía el foie-gras. Refiere que “…aquellas tinas pesarían…, 200 kilos fácil. Y eso lo tiraba una mujer o dos, depende de si la que tiraba era forzuda o no. Si era flojita, el capataz ponía dos, sino tiraba una de ellas…”.

Puestos de trabajo poco cualificados que rara vez les permitieron a esas mujeres promocionar hacia otras labores. Nos lo explica Ana Valero y también Ángel:

“…Ahí subir de puesto no subía nadie. ¡Hombre! había Oficiales de Primera, de Segunda, pero vamos que los encargados casi siempre eran ya mayores. Ahí la promoción que teníamos era que tenías que trabajar si no a la calle. Esa era la promoción que teniasEn los puesto más normales, más bajos no se promocionaba…”. Aunque, hubo alguna excepción, pues como ya hemos indicado antes en la sección de jamones trabajó una mujer realizando funciones de secretaria. Apunta Ángel que esa mujer “…llegó a tener cierta responsabilidad, pues llevaba muchos papeles. Pero no era lo normal…”.

En lo referente a las jornadas de trabajo, nos refirió Ana Valero que eran largas, se extendían “…desde las siete de la mañana hasta las seis de la tarde o por ahí…” con apenas tiempo para almorzar, sólo “…quince o veinte minutos para el bocadillo de media mañana y media hora para comer…”. Por lo que era habitual que comieran en “El Matadero”.

Por lo general, el descanso de media mañana no solía cogerlo nadie, pues la mayoría de las veces, añade Ana Valero, “…había tanto trabajo que no nos daba tiempo a comernos el bocadillo, teníamos que esperar hasta el medio día para poder comer algo…”. No obstante, en ocasiones, cuando el trabajo lo permitía “…algunos hombres salían a la puerta a comerse un bocadillo, otros lo hacían en el patio, aunque, la gran mayoría de la gente se quedaba dentro de la fábrica, se sentaban por allí, y cada uno echaba el rato como podía…”. Eran los trabajadores y trabajadoras de la jornada continua, porque en la fábrica solo se descansaba “…cuando se hacía la jornada intensiva, en verano. Ahí, si te daban 20 minutos, pero el resto del año no te daban nada…”, puntualiza Ángel Balsera.

Añade Ana Valero que después de la comida “…tocaba la sirena y otra vez para dentro. Y ya no se salía más, ni para tomar café, ni fumar un cigarro ni nada…”. Ana se ríe y dice: “- Ahí no fumábamos nadie…”.

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Fig. 6. Ana Valero y sus amigas a la hora del almuerzo. Todas se llevaban la comida caliente de casa, la calentaban las cocinas del comedor y si el tiempo acompañaba se salían fuera del Matadero a comer. (Fotografía cedida por Ana Valero). 

22.- Ana, me han contado que había algunas personas que se llevaban el bocadillo vacío y que en el Matadero lo rellenaban con chorizo:

“…Bueno, eso a escondidillas ¡¡aaaaahí!! no te los comías por decir comértelos… Ahí, era la persona que tenía buen estomago, como los hombres, que se comían…. Yo no era capaz. Había algunos que cuando estábamos en el mate cogían las cosas del borrego recién matados, las escaldaban y se las comían. Pero es que había hambre y lo que necesitaban ellos era comida. Pero no te podían ver comértelo, no te podía ver. Te lo comías, pues como se hacen muchas cosas, a escondidillas. ¡Hombre! te pasaban la mano, porque los encargados miraban para otro lado. Allí todo el mundo nos conocíamos y lo mismo le pasaba al encargado que a nosotros, toda la gente pasábamos hambre. Por eso miraban para otro lado…”.

Sin embargo, consultando las “Hojas de Servicio”, en el Archivo Histórico Municipal, de algunos trabajadores y trabajadoras del “Matadero” hemos podido comprobar que en ocasiones se sancionaba tanto a quienes se sorprendía comiendo algún productos como quienes los encubrían. Por ejemplo, en 1941 se sancionó a dos trabajadoras “…por complicidad y sorprenderlas comiendo productos en preparación…”. La sanción consistió “…en la supresión de la prima durante un tiempo definido…”. Asimismo, en 1947 se sancionó a otra trabajadora “…por no impedir a un trabajador la sustracción de una lengua sin dar cuenta del hecho…”.

23.- ¿Qué significaba el trabajo?:

 

Del mismo modo que sucedió en otros lugares durante la época de la industrialización (Borderías, 2008), las mujeres que se emplearon en el Matadero respondieron a estrategias de tipo familiar en su actuación. La contribución económica al grupo domestico fue uno de los factores principales que las empujaron a trabajar fuera de casa. Hemos podido comprobar que en numerosos casos, había varios miembros de la familia trabajando en la empresa para llevar dinero a casa. Así nos lo contaron algunos trabajadores y trabajadoras:

“…La mayoría de las mujeres que trabajaban en el Matadero las empujaba la necesidad. De hecho, allí, en el Matadero había familias trabajando, el padre y las hijas o los hijos y las hijas, las madres nunca. En la fábrica yo no he conocido ninguna mujer casada, en la oficina sí…”(Ángel Balsera).

“…Mi hermana y yo trabajamos en el Matadero y mi suegro y todos sus hermanos (…) El Matadero daba vida a Calamonte y a Mérida, porque  aquí solamente estaba (la empresa de) “Cubillana” que se dedicaba a sembrar algodón, pimientos, tomates, etc. En “Cubillana” se sembraba de todo. Cuando no trabajaba en el Matadero yo he trabajado también muchos años en “Cubillana”, pero vamos que el Matadero es lo que más vida dio al pueblo. Tenía mucha vida el pueblo gracias al Matadero, porque por aquellos entonces se ganaba y las personas tenían para comer (…) Nosotros éramos siete hermanos y las mayores teníamos que trabajar (…) y no nos podíamos quedar nada del sueldo, se entregaba  todo en casa…” (Ana Valero).

“…Mi madre me contaba que le daba a su madre el dinero que ganaba (en el Matadero), pues se quedó viuda con cuatro hijos con lo cual ella era la mayor y tenía que ayudarla (…) Y cuando quería comprarse un vestido, pues hacía horas extras…” (Rosa Mª Ceballos).

En aquella época fabril las mujeres trabajaron mucho, tanto dentro como fuera de casa, y casi no tenían tiempo para divertirse. Nos dice Ana Valero que hasta los domingos se trabajaba. Al preguntarle si tenían vacaciones y algún día de fiesta en el Matadero, el día de San Isidro, patrón del campo, el día de Santa Eulalia, patrona de la ciudad, el día de la empresa o el día del trabajador, Ana ahueca la voz y poniendo mucho énfasis en las palabras dice:

 

“…¡TRABAJADORRRRR!….. Nosotros no teníamos ni día de centro ni día del trabajador. No, no, no, no, no, ahí no había nada, los domingos se trabajaba, el matadero no cerraba nunca, vamos que yo conociera. Si llegaba la feria de Mérida, fíjate tú que era la de Mérida y querías ir, yo me iba, pero luego tenía que ir a trabajar al Matadero, porque ahí no se cerraba, el Matadero no se cerraba nunca. Yo llegaba de la feria de Mérida me cambiaba y sin dormir cogíamos la mochila, los “babys” y cogíamos la vía adelante y ¡ay!, otra vez a trabajar. Y como yo toda la juventud. Esa fue la juventud que teníamos nosotros. ¡Era un trabajo muy fuerte!…”.

En cuanto a las vacaciones señala Ana que “…ahí no cogíamos vacaciones, no podía coger vacaciones. Los sábados también trabajábamos. Ahí (…) trabajábamos mañana y tarde, sólo librábamos los domingos y algún día de fiesta, pero pocos, aunque había personas que sí tenían que ir a trabajar…”.

24.- Ana ¿tenían alguna prestación social?:

“…Había un economato y si tenías hijos les daban los “Reyes”, a los trabajadores nos daban una “prima” que le decíamos, te daban unas “perrinas”…”.

25.- ¿Qué supuso el Economato para su familia?

“…No, yo no compré nunca allí. Allí, habría quien compraría, pero ya te estoy diciendo que a las personas mayores que estaban casadas era a quien se lo daban, mayormente por la familia, por las cargas familiares. Así le salía más económica la comida, pero a nosotras los solteros era muy raro que nos dieran de esas cosas por medio de que no teníamos cargas familiares…”.

26.- ¿Y el “cajón” o cesta de Navidad?:

“…Sí, por aquellos tiempos daban un “cajón” con un poco de los embutidos que allí se hacían. Mayormente, se lo daban a los hombres, pero a las mujeres también, se lo daban. Aunque lo daban en función de la carga familiar, a las que estábamos solteras había veces que no nos daban nada….”.

Continuará…..

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