El “puente de hierro” del ferrocarril de Mérida

15/09/2016
Antonia Castro Mateos

Mérida está situada casi en el centro geográfico de Extremadura, a orillas del Guadiana, un río que a su paso por la ciudad se ha salvado, a lo largo de la historia, mediante distintos puentes: primero, con el puente construido por los romanos, en el siglo I a. C., el “genitor urbis” (Álvarez, 1991: 10) o hacedor de la ciudad; luego, con el puente del ferrocarril o “de hierro”, levantado en la década de los ochenta del siglo XIX; más tarde, a mediados del siglo XX, con el puente “nuevo” construido por el ingeniero Fernández Casado; y por último, con el puente de Lusitania, proyecto del ingeniero-arquitecto Santiago Calatrava.

Puentes que encierran el ir y venir de la Historia de la ciudad y sus habitantes, destilando antiguas, viejas y nuevas memorias. Pasear por ellos es transitar por distintas mentalidades de época, esto es, formas de representar lugares y de mostrar «formas de vida».

En efecto, aquéllos puentes, en sus diferentes representaciones tecnológicas, proyectan diferentes conocimientos y sensibilidades, necesidades y apetitos estéticos. Es por ello, que, con el paso del tiempo, se convierten en iconos arquitectónicos, turísticos, imágenes representativas de diferentes épocas de la ciudad. Obras que, en algunos casos, traspasan fronteras identificando no solo a la comunidad sino a toda una época. Es el caso del “Puente de Hierro” que simboliza no sólo el esfuerzo de la sociedad extremeña y emeritense de finales del siglo XIX por subirse al tren del progreso, también es un icono de la arquitectura del hierro y de las obras de ingeniería del mismo material, un testigo de la revolución industrial y de los anhelos de modernidad que en la primera mitad del siglo XX se respiraba en la ciudad.

Este férreo puente, construido entre 1881 y 1883 con proyecto de Eduardo Peralta (González, 2010: 25), sustituye un frágil pontón, probablemente de madera, que se levanta de forma provisional para salvar el río Guadiana y dar servicio al tramo ferroviario Mérida-Zafra de la línea en construcción Mérida-Sevilla, que se inaugura el 3 de julio de 1879. Poco más se sabe de este puente, salvo las cantidades de dinero invertidas en su construcción y su ubicación, entre el actual puente de hierro y el romano (Mateos, 2011: 71-72).

El puente de hierro es construido por la compañía de ferrocarriles Madrid-Zaragoza-Alicante (M.Z.A.), mide 605 metros de largo y 5,75 m de altura respecto al cauce medio del río, se apoya en diez pilas y dos estribos en los que se asientan once tramos de hierro de 55 metros de longitud, de centro a centro de cada recia pilastra granítica, y numerosas vigas de celosía del sistema “Linville”. Cada pila mide 5 m de ancho y 2.30 m, de grosor y los largueros metálicos tienen una altura media de 6, 35 m y una longitud de 54,48 m (Ibid.). Ésos proceden de Bélgica y se montaron sobre el terreno, pieza a pieza a base de «remaches calientes».

A título de curiosidad añadir que una de las pilastras que sostiene el puente tiene nombre propio, fue bautizada con el término de “La Millonaria”, un topónimo que alude a la historia de su costosa, bregada y aventurada construcción, motivada por sus problemas de cimentación, al no existir roca firme a una profundidad razonable. Así lo indica un informe con fecha de 15 de mayo de 1928: sobre la profundidad de los cimientos de las pilas “…se encontró el firme sobre las rocas entre 5 y 10 metros, excepto la pila tercera, muy costosa, que pasaría de los 20 metros…”( Ibid., 73).

Sin duda la construcción de esa pilastra fue un tremendo reto para los ingenieros y levantó tal expectación popular que la tradición oral, recogida por el historiador José Luis de la Barrera Antón en su libro Memorias y olvidos en la historia de Mérida (2006: 354), aún guarda memoria de su prueba de carga: “…Una de las pilastras que sostiene el puente, la más voluminosa, que denominaron “La Millonaria“, por lo costosa, ofrecía a los espectadores viva desconfianza al saber que gravitaba sobre una balsa, por no encontrarse, al parecer, firme, seguro y a propósito. Desconfianza que se hizo patente hasta el mismo personal subalterno, cuando llegado el final de la obra, fue preciso comprobar la resistencia y solidez del puente. Fue entonces cuando ningún maquinista ni empleado de tracción quería arriesgarse a realizar la consabida prueba. Ni órdenes ni ruegos consiguieron convencerlo, por lo que el ingeniero inglés que dirigía el montaje con su hijo, un muchacho de 19 años, hubo de hacerla repetidas veces ante el asombro de todos, asombro que aún dura, porque a pesar del tiempo y del cambio efectuado en la estructura, y del peso de los vehículos de la época actual con los de aquélla, el metálico puente sigue desafiando el paso, las riadas y la ignorancia sobre la resistencia de “La Millonaria…”.

De esta forma, la pilastra y el puente del ferrocarril toman carta de naturaleza y se convierten, respectivamente, para los emeritenses en “La Millonaria” y en “El Puente de Hierro” y en otro escenario más para la ciudad. Un lugar que aunque fue construido para uso exclusivo del tren también fue usado de forma habitual, en trayecto de ida y vuelta, por cientos de obreros para ir al Matadero, a mediados del s. XX. Querían abreviar “caminando sobre el río”, atravesando de forma osada el “Puente de Hierro” que estaba prohibido.

Ese férreo viaducto bajo el cual fluía resuelto y desafiante el río Guadiana se convirtió también en todo un desafío para los jóvenes más atrevidos de la localidad. Se lanzaban al agua desafiando las peligrosas corrientes y remolinos que en algunas ocasiones dejaba alguna víctima mortal.

En efecto, Juan del Río recuerda con nostalgia que: “…de ahí, de “La Millonaria” nos tirábamos de pie todos (los amigos)…”. También Antonio Casado confiesa que, sin el permiso de sus padres, bajaba desde el Calvario al río para darse un chapuzón y tirarse de “la Pilastra”, pues aquel puente le imponía. Lo mismo que a Ángel Fernández para quien era“…la experiencia mejor por esa descarga de adrenalina al tirarte de la pilastra del puente o del mismo puente, de cabeza…”. Junto a ellos, también “…algún “guindilla” se tiraba (…) para llamar la atención (…) porque para lanzarse desde allí había que tener bemoles…”. (Vélez, 2010: 33)

Los alrededores del puente también eran un lugar para el deleite y esparcimiento de la población, pues durante el buen tiempo paseaban parejas de enamorados, correteaban los chavales entre juncos y matorrales y se juntaban, los domingos, algunas familias y pandillas de jóvenes para pasar el día entre las sombras de algunos árboles y bañarse en las aguas del río Guadiana.

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Fig. 1. Rosa Ceballos y sus primas debajo del “Puente de Hierro”. (Foto cedida por Rosa Mª Ceballos).


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Fig. 2. Los tíos de Rosa Mª Ceballos paseando en barca por el río Guadiana. (Foto cedida por Rosa Mª Ceballos).


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Fig. 3. Ramona Suárez Rodríguez y sus hijos en las inmediaciones del “Puente de Hierro”. (Foto cedida por Ramona Suárez gracias a las gestiones de Rosa Mª Ceballos).


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Fig. 4. Ramona Suárez Rodríguez y su marido cuando eran novios en los alrededores del “Puente de Hierro” (Foto cedida por Ramona Suárez gracias a las gestiones de Rosa Mª Ceballos).


Hoy, al cabo de muchos años el “Puente de Hierro” mantiene su gallardía. Aunque el tiempo lo ha desgastado, no lo ha derribado, está hecho de la sustancia misma del tiempo. Nosotros estuvimos allí, y nos perdimos en él para encontrar, entre vigas de celosía, las señales intangibles del tiempo, los recuerdos y despertar la memoria de acontecimientos pasados, los sueños de modernidad y progreso que a mediados del siglo XX se respiraba en la ciudad.


Fig. 5. Rosa Mª Ceballos Blanco cruzando el “Puente de Hierro”. (Foto Víctor Romero).



Fig. 6. Rosa Mª Ceballos y Mª Carmen Torres Fernández al lado de una de las garitas donde los trabajadores del “Matadero” se metían cuando llegaba el tren. (Foto Víctor Romero).


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Fig. 7. Kati González y Antonia Castro en el “Puente de Hierro”. (Foto Mabecas93).

Bibliografía

Álvarez, J. Mª. (1991), La ciudad romana de Mérida. Cuadernos de Arte Español, nº 6. Barcelona: Grupo 16.

De la Barrera, J. L. (2006) Memorias y olvidos en la ciudad de Mérida: Artes Gráficas Rejas S.L.

Casado, A. (2014) “El rincón favorito de Antonio Casado: El Puente y el rÍo”, en Eméritos. Blog de los Voluntarios Culturales del Consorcio de la Ciudad Monumental de Mérida. En http://emeritosdelpatrimonio.blogspot.com.es/2014/04/el-rincon-favorito-de-antonio-casado-el.html. Accedió el 15 de septiembre de 2016.

González González J. M. (2010), Arquitectura contemporánea en Extremadura. Mérida: Editora Regional de Extremadura.

Mateos Martín de Rodrigo, A. (2011), “El Puente de Hierro o de las aportaciones humanas y sociales del ferrocarril a Mérida”, en Revista de Feria, septiembre 2011. Mérida: Ayuntamiento DE Mérida.

Vélez Sánchez , A. (2010), Postales de la Memoria. Badajoz: Tecnigraf editores.

Documento audiovisual

El viaje. El Puente de Hierro. Mérida. Extremadura Noticias. Canal Extremadura TV.  En Youtube  https://www.youtube.com/watch?v=rJdqr5qHtak. Accedió el 15 de septiembre de 2016.   

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