Rincón fotográfico

8/02/21016
Antonia Castro Mateos

 

LAS CANTERAS DE CAL DE «SIERRA CARIJA»

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En una de las canteras de piedra caliza de sierra Carija, Norberto del Río Susilla con sus hermanas, Rafaela y Luisa y algunos de sus primos, pasando el día. Con la piedra caliza de esta cantera se obtenía, tras un proceso de transformación, «cal prieta». Esta sustancia se empleaba en la construcción: en morteros, revestimientos y pinturas.

 Norberto del Río era propietario, en Mérida, de «Cerámicas Santa Eulalia», una fábrica de cal, ladrillos huecos, rasillas y tejas, fundada en 1860, según el Diario Hoy de fecha 1-09-1954. La cal se obtenía de la piedra caliza que extraía Norberto de dos canteras que explotaba en sierra Carija. De una sacaba piedra para hacer «cal prieta» y de otra, materia prima para fabricar «cal blanca». Nos cuenta el hijo de Norberto, Juan del Río, en un entrevista que la «cal prieta» se empleaba en la construcción y la «cal blanca» se usaba para blanquear las casas y los cementerios. Además, en las canteras también tenían un «horno de cal continuo» para hacer «cal prieta».

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Fig. 2. Antiguo horno de cal de Norberto del Río. (Foto Antonia Castro Mateos).

Recuerda Juan que el horno era de piedra, cilíndrico, con las paredes circulares y con acceso directo a la boca del horno por donde «..metían las piedras haciendo una pirámide con ellas. Luego, una vez que estaba hecha la pirámide, encendían por debajo el fuego con haces del leña, que mi padre compraba a gente de Esparragalejos. El proceso de fabricación era largo, duraba dos o tres días hasta que mi padre descubrió una forma de acelerar el proceso quemando la «raspa de la corcha» que le compraba a la Corchera. Ese polvo prendía como la pólvora…». Como también lo hacía la «polvorilla» o raspadura de las cubiertas de los neumáticos recauchutados que compraba Norberto del Río a Juan Quintana.

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Fig. 3. Antiguo horno de cal visto por arriba. (Foto Antonia Castro Mateos).

Esta última información nos la proporcionó Damián Fernández del Amo, actual propietario de la cantera, a quien conocí una tarde en sierra Carija. Una de mis hermanas me había contado que aún quedaban restos de los hornos de cal en la sierra y que algunos se veían desde la carretera. Mi curiosidad antropológica se activo de inmediato, le pregunté si quería venir conmigo a verlos y ella me contestó que, primero había que pedir permiso, pues la zona era propiedad privada. Aquella misma tarde, nos acercamos a la sierra para ver si veíamos al dueño, Tuvimos suerte, nos encontramos con él y su mujer en la entrada del «..cebadero, iba a echarle de comer a unos borregos que tengo allí…».

Mi hermana hizo las presentaciones, le contó quien era, en qué consistía nuestro proyecto de la UNED SENIOR y del interés que nos movía a visitar las canteras. Damián se mostró muy interesado y nos dio permiso para subir a verlas. Aunque era ya un poco tarde, cogimos los «bártulos» y subimos a la sierra por un camino de tierra y piedras rodeado de vegetación, dejamos a un lado unas colmenas, y entramos, casi sin darnos cuenta en la antigua cantera de Norberto del Río. ¡Qué impresión!, pues allí, de pronto, la sierra nos muestra una de sus heridas, una dentellada que hace que el paisaje calizo tapizado a retazos de vegetación se abra en redondo, y suba por las laderas alejándose de nosotros. A pesar de ello, un lugar  precioso, lleno de encanto y de aromas de tomillo, romero, lavanda que nos envuelven y nos hace difícil imaginar su pasado cantero.

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Fig. 4. Camino que sube a las antiguas canteras y hornos de Norberto del Río y el Sr. Marcelino. (Foto de Antonia Castro Mateos). 
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Fig. 5. Entrada a las antiguas canteras de Norberto del Río.  (Foto Antonia Castro Mateos).

Se hace tarde, desandamos el camino y salimos por donde habíamos venido y por donde antaño, nos contó Damián al día siguiente, salía una vagoneta cargada de piedra camino del horno. Bajamos rápido a verlo, pero sólo nos dio tiempo a echarle un vistazo, las sombras de la noche nos envolvieron sin avisarnos. Casi a oscuras nos encaminamos al coche, allí, en la verja, estaba Damián y su mujer esperándonos. Él, cuando nos vio llegar, salio del automóvil para ayudarnos a cerrar la cancela y nos preguntó si nos había dado tiempo a verlo todo. Le contestamos que no, y Damián nos invitó a volver al día siguiente. Aceptamos encantadas y le pedimos que, por favor, nos hiciera de guía, ya que conocía la cantera muy bien, pues, antes de despedirnos, nos contó que las había comprado por motivos sentimentales, pues de pequeño él venía, con bastante frecuencia, a las canteras con su padre que  «...era autónomo, tenía un carro y un burro y se dedicaba a ir a por leña de escobas y tomillo para llevarla a los hornos de cal para caldear la piedra. Yo iba con mi padre por la mañana, salíamos a eso de las ocho, ocho y media, porque claro en el campo, con el rocío, pues te mojabas todo y cuando llegabas a casa eran las seis y media, siete…».

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Fig. 6. Damián Fernández del Amo en las antiguas canteras de Norberto del Río. (Foto Antonia Castro Mateos).

Al día siguiente, una soledada, pero fresca mañana de invierno, subimos temprano al monte, a eso de las once, las gotas del rocío aún estaba esparcidas sobre algunas hojas e hierbas del suelo. Avanzamos con cuidado, el camino estaba resbaladizo, en la distancia se veía una cruz de madera enorme, de al menos dos metros de altura, en lo alto de una pequeña colina que resultó ser, cuando nos acercamos, un antiguo horno. La cruz, nos explicó Damián, son «…dos traviesas de madera con una corona de espinas y una bombeta o insignia de la artillería (…) es que yo hice la mili en artillería (…)  y la cruz me dio por ponerla, porque en la otra parte de la sierra está la Cruz de Carija, que es de piedra  y digo: -Carija tiene en la parte de allá una cruz y aquí… Pues voy a poner una…».

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Fig. 7. La otra Cruz de Carija encima de un horno de cal cegado por arriba para evitar accidentes.  (Foto Antonia Castro Mateos).
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Fig. 8. La otra Cruz de Carija. (Foto Antonia Castro Mateos).

Damián también nos enseñó la cantera y el horno que el Sr. Marcelino tenía muy cerca de la propiedad de Norberto del RÍo y de la que también es, en la actualidad, propietario. Nos contó que  «…normalmente entregábamos la leña y los haces de escoba y tomillo en el horno del Sr. Marcelino. Aquí (se refiere al horno de Norberto del RÍo) también traíamos, pero allí a la chimenea, donde tenían la fábrica…«, enfrente del actual ferial. «…Como el proceso de fabricación de la cal era muy largo, esto era las 24 horas del día, había un hombre ahí echándole leña al horno…» para que no se apagara. Por ello, «…tenía allí una pequeña habitación para refugiarse...».

Además, en la cantera solían trabajaban 7 u 8 hombres más sacando la piedra, «…metían unas barrenas y luego metían explosivos. Entonces, se ponía un hombre en la carretera con un banderín, uno en una parte, y otro en otra y decía: -¡Barreno!, ¡barreno!, para avisar, porque volaban las piedras. Y luego ya después sacaban la piedra...».

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Fig. 9. Antigua cantera del Sr. Marcelino (Foto Antonia Castro Mateos).
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Fig. 10. Damián Fernández del Amo, en la entrada al antiguo horno de cal del Sr. Marcelino. (Foto Antonia Castro Mateos).
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Fig. 11. Interior del horno del Sr. Marcelino. (Foto Antonia Castro Mateos).

En el transcurso de la visita también encontramos, en la falda de la sierra, vestigios romanos, restos, probablemente, de una conducción de agua subterránea, que según Damián es «…la que pasa por la ITV…». Este encuentro casual nos hace pensar en nuestros antepasados romanos, sobre todo en los constructores quienes también usaron la cal para dar solidez y duración a sus obras. Señalan Alba y Feijjo (2010: 35) que «..la ingente cantidad de cal que demandaron las obras públicas fundacionales procedió de Carija y de su entorno…».

Aunque la sierra no es muy alta desde su cima se tiene un dominio visual bastante amplio de la comarca emeritense. Probablemente, por ello diferentes pueblos realizaron construcciones vigías para controlar el territorio. En efecto, indican Alba y Feijoo (2010: 52-53) que «…en su cima se construyó un otero que debió de ser muy útil en el s. V  para dar la alarma de la presencia de «invasores» (hay restos dispersos de tejas planas) y aún se conserva el basamento de una torre de estancia cuadrangular , para cobijar el cuerpo de guardia, que bien pudiera ser islámico…». Después, la torre vigía fue utilizada en algunas ocasiones más, como durante la guerra con Portugal (De la Barrera, 2006: 229).

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Fig. 12. Vista de las vegas del Guadiana desde sierra Carija. (Foto Antonia Castro Mateos).
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Fig. 13. Vista tomada desde la cima de sierra Carija. (Foto Antonia Castro Mateos).

Bibliografía

Alba, M., Feijjo, S., Benítez, J. Mª. (2010) Senderos del Patrimonio Emeritense: Los caminos del agua romana. Edita Ayuntamiento de Mérida.

De la Barrera Antón, J. L. (2006) Memorias y olvidos en la historia de Mérida. Mérida: Artes Gráficas Rejas.

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